James Ward Byrkit, antes de adentrarse en este filme en torno a la paradójica situación que surge el hablar de universos paralelos, había trabajado en películas como Piratas del Caribe y Rango. ¿Cómo se pasa de esa exaltación de un mundo de filibusteros y princesas o del reciclaje en dibujos animados del western posmoderno, a una película que se adentra en las arenas movedizas de la física cuántica? Difícil pregunta que James Ward contesta sin despeinarse.
Escoger a un actor como Ben Affleck para cargarle con el peso de un relato como el de Perdida nos retrotrae a la estrategia seguida por Kubrick para su última película; Eyes Wide Shut. Affleck, como Cruise, provoca en la platea una profunda desconfianza. A ambos les pasa como a algunos jugadores de fútbol, juegan más de lo que se les reconoce y son mejores de lo que se les trata.
La isla mínima, como delata su nombre, se mueve en medio de esos espacios insignificantes, allí donde lo pequeño, lo es tanto, que se diría desaparece. En esos “no lugares” en los que la luz desparramada en tierra de juncos y barro provoca miedos y sombras, surge este filme inquietante. Un filme de nieblas y de luz que esconden lo obvio y con las que su director y coguionista, Alberto Rodríguez, entona una crónica descarnada sobre la España de la transición.
ay algo de afán crepuscular en La entrega. Y lo hay por muchas razones. La más evidente proviene de ese toque de queda arañado por la melancolía de saber que aquí termina la carrera de James Gandolfini, un actor que en sus últimos años de vida pedía un lugar en el Olimpo actoral junto a grandes como Bogart, Mitchum o McQueen.
A Philip Seymour Hoffman le sobrevino la muerte cuando el actor (y director) norteamericano había conseguido un híbrido genial. Su talento para la interpretación, su capacidad para pasar de la ternura al horror sin modificar ni un sólo músculo de su cara, había logrado revivir un cruce inimaginable. En su persona (y sobre todo en sus personajes más oscuros) se adivinaba una sed de mal en la que comenzaba a emerger la monumentalidad doliente del Orson Welles de los años 60.
En los años 80, y hasta bien entrados los 90, el cine de Almodóvar, sin duda el más característico y caracterizante de su época, repetía en el debe la misma debilidad. Allí donde el interés de sus tramas alcanzaba el cénit, cuando la energía y la insolencia de sus argumentos planeaba por su zona más abrasadora, Pedro Almodóvar clavaba la cámara para perseguir el rastro de algún personaje mucho más irrelevante que aquel que le hacía grande su película.
Luc Besson irrumpió en el panorama cinematográfico hace tres décadas con un relato post-apocalíptico de bajo presupuesto y alta originalidad: Kamikaze 1999 (1982). Tenía 23 años y una notable insolencia generacional que pretendía pasar por encima de la nouvelle vague. Eran otros tiempos y en su caso, pronto se descubriría que su intención, como sugería el título de su primera película, iba a ser la de convertirse en un francotirador ajeno a las jerarquías y familias del cine francés.
Dentro de mes y medio, un filme titulado como éste, El protector inaugurará el festival de Donosti y servirá para que Denzel Washington acuda a cumplimentar la necesaria aportación de glamour y lujo que reclama el Zinemaldi. Esa coincidencia, hay otras muchas películas con el mismo título, subraya el agotamiento absoluto del cine comercial.
Cuando el filme se despide, Amini dedica un guiño-recuerdo a dos cineastas de notable peso específico: Anthony Minghella y Sydney Pollack. Lo mismo hizo la actriz Kate Winslet cuando fue nominada para el Oscar por su papel en El lector. Y es que ambos, fallecidos casi al mismo tiempo, formaron un buen equipo cuyos proyectos inconclusos poco a poco van aflorando.


