Probablemente la lupa con la que se mire esta película de Raúl Arévalo, actor antes que director, insistirá en buscar pruebas de su naturaleza en esa corriente contemporánea del thriller a la española. En ella sus mejores representantes se llaman Alberto Rodríguez, Agustín Díaz Yanes y Enrique Urbizu. Y tras ellos se podría citar una decena de realizadores que trabajan con mayor o menor rigor, con más o menos fortuna, en un género escasamente tocado por el cine español a lo largo de su historia.

Si atendemos a su ideología y a su actitud profesional, se puede establecer una línea de férrea afinidad entre el neoyorquino Mel Gibson y el californiano Clint Eastwood. Ambos son actores y directores. Ambos declaran ser extremada y apasionadamente conservadores. Y ambos, de vez en cuando, hacen declaraciones altisonantes y defienden planteamientos políticos tan discutibles como incómodos.

Criminal aparenta seguir los pasos de la saga Bourne. A ella parece encomendarse Ariel Vromen, un cineasta de origen israelí aunque ya afincado en EE.UU., que ahora dirige esta película de bandera británica. Pero en realidad, el argumento, lo que sus guionistas habían labrado en el interior de esta película era y sigue siendo algo muy diferente.

Si algo no se le puede achacar a Mar Targarona, directora de Secuestro, y a su guionista, Oriol Paulo, es falta de entusiasmo. En Secuestro se han puesto tantas ganas, tantas ideas, tantas referencias y tantos medios para hacer de él, un filme redondo, que su mayor debilidad reside en esa acumulación desordenada de ideas y subrayados.

Hay tanto retruécano, tanto McGuffin, tantos hilos cruzados en su telaraña, que Al final del túnel termina por abrumar. Hija de su tiempo, la película de Rodrigo Grande se percibe satisfecha de guión, potente y segura en sus ingredientes, diestra y vital en su narrativa. En ella, Grande ha puesto muchas cosas, muchas referencias cinéfilas, muchas citas literarias y demasiadas ambiciones. Y al frente, ha colocado a un actor competente, un Leonardo Sbaraglia que se hace con un personaje sobrecargado de circunstancias.

Vilipendiado con saña y descalificado con sospechoso fervor, Escuadrón suicida aparece como el gran naufragio fílmico del año. Digamos que, en efecto, confunde fortaleza con estruendo, humor con gansada y acción con atropello. Demasiado aturdimiento para sostener la única idea que tenían. Para llevarla a efecto, la DC no ha escatimado gastos.

Matt Damon y Paul Greengrass coincidieron en la segunda y en la tercera película (El mito de Bourne y El ultimátum de Bourne) y cosecharon impresionantes taquillajes y elogiosos babeos críticos. Desavenencias con los productores descolgaron a Greengrass, ante lo que Damon decidió irse con él. El discreto resultado comercial de la cuarta entrega, sin ninguno de ellos, forzó que los productores accedieran a reunir de nuevo al director con el actor.

Frente a la creencia sostenida de que la calidad media de las series de televisión en estos momentos roza la excelencia, películas como Ahora me ves 2, son la prueba evidente de que la calidad media de las películas que se producen desde Hollywood aporta, en la segunda década del siglo XXI, menos riesgo, originalidad y oficio que cualquier capítulo de una mala serie de relleno de los años 70.

A Jaume Collet-Serra no se le concede demasiada atención en los medios de comunicación españoles. Se marchó con 18 años a EE.UU. proveniente de su Cataluña natal. Con poco dinero y mucha obstinación, Collet-Serra estudió cine en Los Ángeles y ha conseguido lo que la inmensa mayoría de cineastas españoles no lograrán jamás. Ser aceptado por la industria norteamericana.

Si versátil resulta la carrera como actriz de Jodie Foster, desconcertante es su perfil como directora. Ha realizado El Pequeño Tate (1991). A Casa Por Vacaciones (1995) y El Castor (2011). En todos los casos hablamos de películas bien facturadas, pero de las que resulta difícil extraer alguna conclusión sobre el universo autoral de quien es un peso pesado de la industria del cine yanqui.