Diga lo que diga el Oscar, a Comanchería nadie le puede arrebatar el título de ser una de las grandes obras del año. Su cabecera está presidida por la radiografía precisa y fidedigna del cáncer que carcome a EE.UU. De modo que, en sus intersticios, se percibe un aliento fúnebre que desvela el anuncio del deceso del imperio americano. Comanchería representa la base de un triángulo formado por Winter’s Bone (2010) de Debra Granik y No es país para viejos (2007) de los Coen.
Infiltrado no es un filme pequeño. Ni esconde que pretende medirse con los grandes del thriller. Brad Furman, su director, tuvo un notable comienzo pero, poco a poco, ha ido desfalleciendo. Quizá por eso, al encontrarse con el material de la novela de Robert Mazur, el personaje protagonista de este relato, Furman elevó su apuesta convencido de que tenía ante sí la gran oportunidad de significarse como uno de los grandes del cine actual.
A Tom Ford, cuando se acercó al cine, le precedía un aureola de celebridad; era un brillante creativo del mundo de la publicidad y la moda. A Ford, el salvador de Gucci le llamaron, dinero, premios y fama le sobraba. Tanto que cuando debutó como director, Un hombre soltero (2009), adaptación de la novela de Isherwood, levantó mil suspicacias. No obstante, Ford demostró entonces que sí sabía lo que hacía y quería.
A Tom Cruise, cuyos 54 años le agrietan la cara, el anterior Jack Reacher le supuso un buen éxito y la confirmación de que en el cine de acción le salen mejor las cosas. Con el mismo personaje y dispuesto a abundar en los recovecos establecidos por el escritor Lee Child en su saga literaria, Cruise regresa al escenario de la primera entrega.
Cada vez que se estrena una incursión en el cine policíaco español, surge la tentación de hacer caja y revisar una verdad a medias. Parece indiscutible que el franquismo no cultivó este género que proyecta luz sobre las cloacas del poder. En apariencia no abundaron títulos porque en aquellos años de sangre y cárcel, los cuerpos policiales se dedicaban a la caza política mientras que la censura no veía con buenos ojos que, en el paraíso de su “excelencia”, pudieran asomarse a las pantallas los monstruos de su cara oculta.
En su empeño por reivindicar las habilidades de quienes sufren alguna singularidad que dificulta su interacción social, los guionistas de Hollywood van a conseguir que lamentemos no padecer algún tipo de desorden heredable y heredado. Estos excesos de buenismo hipócrita, alcanzaron un grado de estulticia extrema con Rain Man.
La chica del tren cuando se pone interesante trata de imitar el modelo de Lo que la verdad esconde. Cuando se espesa y se atraganta desemboca en el paradigma de un “estrenos tv”. O sea, en un subproducto de tensión descafeinada y guión imposible. Por si alguien todavía alberga dudas sobre su naturaleza, digamos que en la mayor parte de su metraje la película es obtusa como un ladrillo.
En Cayo Largo (1948), inolvidable filme de John Huston, el gángster protagonizado por un inmenso Edward G. Robinson, interpelado por Humphrey Bogart sobre qué quiere si tiene todo, responde: “Quiero más”. En un momento de Inferno, esta secuela de El código Da Vinci y Ángeles y demonios, un personaje también grita que quiere más.
Detrás de Elle se descubre a una actriz descomunal y a un director único. Son dos bichos raros; lo saben y lo sabemos. Isabelle Huppert, rostro estrellado, cuerpo adolescente, sexagenaria capaz de seducir a quien se le ponga por delante, encarna en Elle a una mujer mucho más joven. Y al ver su interpretación, un papel complejo, esquinado, herrumbroso; se sabe que nadie podría haberlo hecho de ese modo.
Estamos huérfanos de un cine que tome partido con la realidad, que se manche en sus retratos, que destape lo que sospechamos pero no se airea. Por esa falta de costumbre cuando nos llega un filme como éste, El hombre de las mil caras, y nos obligar a conjugar el recuerdo que percibimos como real, con lo recreado que sin duda está mejor documentado pero nos suena a artificio, no sabemos qué cara poner.

