Habría que buscar en sus trabajos más anodinos, un papel en el que Ricardo Darín no roce la excelencia. Tan competente se muestra Darín que su sola presencia en un filme lo ennoblece. Incluso los hace parecer mejores de lo que realmente son. Sin embargo, en Capitán Kóblic, filme dirigido por Sebastián Borensztein, un amigo del actor de El hijo de la novia, la anemia narrativa del filme, deja sin aire ni razón al solvente histrión argentino. Lo aisla al confinarlo en un personaje presentado con un mayúsculo error de planificación presente desde el guión.
Acantilado combina, en su arranque, dos imágenes primigenias del origen de la sociedad humana: el agua y el fuego. Luego, a continuación, Helena Taberna, su directora y coguionista, escenifica un ritual de muerte; un multitudinario sacrificio humano que dará lugar a un filme de acción y misterio. Su argumento bebe libremente de la novela El contenido del silencio de Lucía Etxebarría. Y su factura se adentra decididamente en ese territorio de la clase media del cine español que, con mayor o menor fortuna, directores como Alberto Rodríguez, Daniel Monzón y Enrique Urbizu, tratan de sostener
Francia ha dado al mundo dos relevantes ofrendas. Una fue la creación del cine, un invento que desde su nacimiento giró en torno a dos referentes, el de los hermanos Lumière, ligado al realismo, y el de Méliès, explorador de lo fantasmático. El otro legado, cuando el cine ya articulaba relatos, fue el llamado cine noir. Así, Francia cultivó el género, un género sujeto a hibridaciones y subgéneros, y alumbró cineastas y películas inolvidables, por más que sea EE.UU.
Recibida con expectación y honores, la primera señal que tuvimos de High-rise fue en el marco del Zinemaldi de 2015. Allí, en la sección oficial, su proyección la convirtió en la obra que más disparidad de calificativos cosechó. Nacida para deslumbrar, High-rise lo tenía todo para haber sido una de las obras del año. Parte de un relato mítico de un escritor legendario y se atreve a emparentarse con un no menos mítico cineasta contemporáneo, David Cronenberg.
Maíllo en Toro parece coincidir con algunos precedentes del cine español de los últimos años; ese que ya sin complejos ni memorias por reivindicar está más pendiente de Hitchcock y los Coen que de Buñuel o Berlanga. Maíllo, como antes el Agustín Díaz Yanes de Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto y el Enrique Urbizu de No habrá paz para los malvados, se sumerge en la oscura cartografía del género negro español.
Nada hay ilegítimo en la práctica del remake. Al contrario, en el hecho de volver a contar una historia ya conocida, pueden darse la mano un montón de virtudes. Por eso mismo, la historia del cine ofrece entre sus logros más celebrados acciones de diferentes cineastas que no temieron enfrentarse a relatos ya ofrecidos por otros.
Cuando se cumple media hora de duración, Objetivo: Londres ya no tiene nada que decir. En ese momento, el mundo, según la fábula distópica que convoca y pergeña el filme de Babak Najafi, ha perdido a buena parte de sus líderes. El terrorismo controla Londres y el presidente de los EE.UU. se ha convertido en una pieza de caza sobre la que sobrevuelan como buitres un número inagotable de mercenarios islámicos. Es el único líder mundial vivo.
Lo mejor de El regalo hay que extraerlo de la imprevisibilidad de su argumento. Parece un filme de terror, pero desobedece las reglas canónicas imperantes. Podría haber sido un filme convencional, pero regatea las normas definitorias del cine de nuestro tiempo y no respeta demasiado los usos de los referentes clásicos. Cine mestizo pues que abunda en el desconocimiento del otro. Su anécdota narrativa parece un cruce entre aquel desaforado Un loco a domicilio de Ben Stiller con Jim Carrey, y La semilla del diablo.
Hay dos relámpagos de duda en el discurso patriótico que realiza Steven Spielberg en El puente de los espías. Suele pasar. Cuando llegan a la madurez de su carrera, cuando comienza la epifanía del ocaso, las personas sensibles titubean. En el caso de los directores norteamericanos que más han contribuido a perfilar los iconos del American Way of Life, esa sensación de pérdida y desorientación adquiere un tono agridulce, un pellizco de paradoja.
Hace poco más de un año, Denis Villeneuve acaparaba un doble protagonismo en el festival de cine de San Sebastián donde concurría con dos largometrajes. Uno, a concurso, en la sección oficial, Enemy. El otro, Prisoners, para acompañar al premio Donostia de ese año, Hugh ( Lobezno) Jackman, protagonista de una película que hablaba de venganzas al servicio de la ley del Talión.

