A Tomas Alfredson le debemos una de las mejores incursiones del siglo XXI en torno al mundo de los vampiros. Déjame entrar, parábola inquietante sobre la naturaleza de los sucesores de Nosferatu, devino en hermoso relato de múltiples caras que cambiaba los escenarios góticos de piedra y hiedra por los paisajes nevados de Escandinavia.

Aronofsky pertenece al grupo de cineastas kamikazes al estilo de Terry Gilliam y Luis Buñuel. Son gentes sin freno que, en sus películas, se pasean con dios y con el diablo sin pagar el peaje de la fe; sin militar en iglesias ni credos.

Como si quisiera confirmar los augurios que al comienzo de su carrera lo ubicaban bajo el influjo de Pedro Almodóvar, François Ozon da salida en El amante doble a todos aquellos reflejos y afinidades que abrochan su estilo y sus obsesiones con el hacer del autor de Todo sobre mi madre.

La presencia de Toni Servillo, actor vinculado a Sorrentino, parece proclamar los deseos de Roberto Andò. Con Servillo, Andò entona una declaración de (buenas) intenciones, pero sabemos, al decir del refrán, que con buenas intenciones el infierno se llena. No significa esto que Las confesiones sea una obra totalmente fallida o mediocre.

Como Sospechosos habituales, El caso Sloane posee una estructura ósea robusta, ajustada al milímetro, afilada con precisión. O sea, su guión, ahí donde nacen las películas, se muestra satisfecho y seguro de su pegada. Sabe que crece sobre un artificio, pero se siente legitimado porque hay ritmo, fuerza y una calculada ambigüedad que provoca desconcierto en el público.

La mejor aportación de John Wick: Pacto de sangre consiste en que, gracias a esta segunda entrega, muchas personas recuperarán la primera, un tenebroso y dolorido thriller rubricado con una puesta en escena realmente meritoria. En esta segunda cita, nuevamente protagonizada por Keanu Reeves y ahora dirigida por Chad Stahelski, esta vez en solitario, se rebaja buena parte de la tensión primigenia, de su crepuscular puesta en escena.

Pedirle a Álex de la Iglesia un cine de equilibrio y cálculo, de serenidad y estrategia, es reclamar lo imposible, Ese cine no sería suyo. Al director de El día de la bestia y de Acción mutante lo que hay que demandarle, lo único que resulta pertinente esperar de él si de verdad interesa su universo interior, es coherencia, desvergüenza para ir hasta el final de sus planteamientos y fuerza para no desmoronarse ante el enorme castillo de naipes que representa cada uno de sus nuevos proyectos.

Una creencia muy extendida sostiene que de una mala novela puede surgir una gran película. Orson Welles se encargaba de alimentar esos bulos haciéndolos realidad, y no fue el único. El guardián invisible por el contrario, insiste en demostrar que de una mediocre novela lo que brota, salvo que medie un genio por allí, no es sino una lamentable película. En ese sentido Fernando González Molina respeta y hace suyo el imaginario de Dolores Redondo.