Nada más empezar, Kaja, interpretada por Andrea Bemtzen, mira a cámara para decir que no lo vamos a entender. La sentencia parece dirigida a quienes estamos detrás de la cámara y resuena como un aviso fatídico. Pero, inmediatamente después, percibimos que Kaja se está comunicando con su madre a través del móvil, o sea es a ella a quien le habla. Sin embargo, al final de la película, volveremos a presentir que esas palabras iban dirigidas a quienes miramos la película en cuanto observadores distantes de una tragedia (re)conocida.
Desde el primer instante, el arte parece ser el tema, el núcleo duro de un filme que ambiciona mucho y que por mucho abarcar termina por quedarse con muy poca sustancia. Hay directores que aciertan tanto y de manera tan contundente con una película, que ese logro termina por arruinar sus trayectorias.
En “Déjame salir”, un debutante director de origen afroamericano utilizaba el terror para denunciar el racismo. Se servía de la metáfora para desnudar la realidad. Aquel filme estimable titubeaba en su recta final. Jordan Peele, esa era la sensación, tras recrear el texto original del autor de “La semilla del diablo”, después de cuestionar la nobleza de la familia americana, dejaba entrar una cierta esperanza en la América que se disponía a soportar a Donald Trump.
La línea que separa la genialidad de la locura, la excelencia del delirio o el arte del asesinato, por muy sutil y delgada que sea, existe. Ese último velo lacaniano (la belleza, lo sublime) que nos separa de la Cosa, se lo salta Lars von Trier con una propuesta tan inteligente como perversa; tan repleta de significados colaterales como monocorde en la manifestación de un narcisismo infectado por la misoginia y la psicosis.
En “Glass” se asiste a un fenómeno singular. Con “Glass” se cierra una trilogía cuya gestación no ha seguido los cauces habituales. Entre las notables, hay trilogías pergeñadas desde el primer día del rodaje, por ejemplo, “El señor de los anillos”; y trilogías concebidas por el éxito de cada un de sus entregas, “Toy Story” (aunque ahora es ya tetralogía).
“Lo que esconde Silver Lake” no será para cada persona que vea este filme lo mismo. Ese tono sombrío que le caracteriza, ese argumento laberíntico, mezcla de lo onírico con lo inquietante y perverso, potencia una calculada ambigüedad. Pero lo que esconde su realizador, David Robert Mitchell, está claro.
Con “Viudas”, el luto se impone por el descalabro anunciado de Steve McQueen, un artista fugaz que, como los recuerdos del Roy Batty de Blade Runner, se disuelve como lágrimas en la lluvia. Se ha bromeado mucho sobre la cruz que Steve McQueen, un londinense de origen africano, tuvo que soportar al ser bautizado con el nombre de la inolvidable estrella nacida en Indiana en 1930.
Dura 141 minutos pero no pesan. Su reloj camina deprisa, con sorpresas imprevistas, sin dejar aliento. De hecho, cuando llega el desenlace surge un lamento; se quisiera saber algo más de todo ese estruendo de fondo que, a lo largo de esas dos horas, Goddard organiza en un espacio y tiempo fronterizos.
No hay concesión hacia el público que guste del orden, buen gusto y películas que abrazan el principio aristotélico de presentación, nudo y desenlace. Aunque no lo parezca, esto último, un relato, sí acontece en “Mandy”, pero en clave de delirio. El filme de Panos Cosmatos, hijo de George P. Cosmatos, amanece a ritmo de King Crimson para cantar a un crepúsculo.


