Hace 24 años, en “El odio”, Mathieu Kassovitz reproducía los desastres de la “kale borroka” vivida en el París de la revuelta de los suburbios del comienzo de los años 90. Aquellas batallas campales no estaban lideradas por estudiantes ebrios de teoría marxista, ni por trabajadores empeñados en resucitar los días de la Comuna.

Sin posibilidad de sintetizar en este espacio lo que “El irlandés” representa, habrá que optar por el orden telegráfico.Todo en la última película de Martin Scorsese se complace en un perverso juego de afirmación y negación; nada es lo que parece, pero todo acaba por ser lo esperado.

Todas las acepciones y sinónimos de “obvio” dan noticia del material que sostiene a “El hoyo”. La expresión repetida obsesivamente por uno de los personajes de manera tan reiterativa que termina por contagiarlo todo, da noticia de lo mejor y lo peor de un filme singular y claustrofóbico.

La materia que conforma lo que “Ventajas de viajar en tren” lleva en su interior carece, en apariencia, de identidad reconocible. Esta primera película de larga duración de Aritz Moreno si no estuviera interpretada por actores de cuajo hondo y recorrido largo, costaría trabajo saber a qué país pertenece. Esa singularidad, ese toque, más excéntrico que exótico, cabría atribuirlo al autor de la novela que le sirve de partida. O sea al recomendable Antonio Orejudo.

Gavin Hood, (Johannesburgo, 1963), actor, guionista, productor y realizador, se mueve como un lobo solitario del que nunca se sabe cuál será su siguiente presa. A juzgar por su trayectoria, ha dirigido piezas como “Tsotsi” (2005), “Rendition” (2007), “X-Men Origins: Wolverine” (2009) y “El juego de Ender” (2013); se diría que encaja en la categoría de profesionales de oficio y discreción. Es decir, resuelve con solvencia sus encargos, pero no parece haber en ellos ningún deseo de imprimir huella de autoría.

Entre la denominada trilogía del Baztán y la trilogía de la Ciudad Blanca hay tantas semejanzas,que resulta evidente que ambos casos responden a un cierto espíritu de época. En cierto modo se diría que saben ser, ir y estar a la moda. Hijas de este tiempo, ambas trilogías han sido engendradas por novelistas de best-seller de aeropuerto, de escritura de digestión leve y literatura escasa.

Dentro de un tiempo, en realidad espero que en las escuelas de cine de ahora mismo, deberá explicarse que en el cine español del vértice que une el siglo XX con el XXI; más allá del brillo de los Almodóvar, los Amenábar y los Bayona; o sea ese cine de laurel y premio, había otra manera de pensar y utilizar el medio cinematográfico.

La naturaleza de Tarantino lo acota como un freakie enciclopédico. Todo en él resulta torrencial, barroco, acumulativo. Es una redundancia redundante. Pero en su novena película, “Érase una vez en… Hollywood”, homenaje en su título a Leone aunque en el filme se habla del otro Sergio, Corbucci, algo ha cambiado en Tarantino. Por vez primera Tarantino se autorreferencia a sí mismo.

Definitivamente alejado del modelo retórico del cine argentino hecho de comedia romántica y buenas intenciones, “Rojo” bucea en el pantano oscuro de la mala conciencia. Su acción acontece en 1975, en Argentina. Tiempo en el que los cielos se teñían de rojo barruntando la sangre que se iba a verter. Un poco al estilo del Haneke de “El lazo blanco”, Benjamín Naishtat se cuestiona por la llamada del monstruo; por las razones de esa metamorfosis que convierte a una ciudadanía pacífica en jauría asesina.

En un momento de su carrera, Liam Neeson, un actor que lleva en el rostro el estigma del hombre corriente y el dolor del eterno perdedor, dejó atrás sus personajes vulnerables y poliédricos, para rencarnarse en piedra de villano cruel o en mármol de justiciero indestructible. Su rol en “Cold Pursuit”, maliciosamente titulada en castellano “Venganza bajo cero” para atraer a los fans de su trilogía “Venganza”, pertenece a este perfil cuyo modelo y principal precedente habita en el Charles Brosson de “Yo soy la justicia”.