Pese a que no le faltaba razón a Hitchcock sobre lo complicado que resulta trabajar con niños, la segunda parte de “It”, la que narra el tiempo de la adultez de sus protagonistas, resulta menos interesante que la primera. Aclaremos el tema para quien no lo conozca. “It” fue presentada por su autor, el especialista en “best seller” de terror, Stephen King, en 1986. Su primera edición en castellano, aparecida un año después, ocupaba más de 1.500 páginas que fueron devoradas por miles de entusiastas atrapados en ese mezcla de cuento iniciático de amistad juvenil y relato gótico con payaso que horripila.

En apenas tres secuencias, cuando ni siquiera el filme ha penetrado en lo que será su verdadero leit motiv, Ari Aster (Nueva York, 1986) ratifica lo que “Hereditary” anunció: estamos ante un cineasta de raza. En ese tiempo de apertura, un prólogo que sirve para mostrar el desgarro por el que su protagonista, Florence “Lady Macbeth” Pugh, se desangra; Ari Aster da una lección de sabiduría compositiva.

Nada más empezar, Kaja, interpretada por Andrea Bemtzen, mira a cámara para decir que no lo vamos a entender. La sentencia parece dirigida a quienes estamos detrás de la cámara y resuena como un aviso fatídico. Pero, inmediatamente después, percibimos que Kaja se está comunicando con su madre a través del móvil, o sea es a ella a quien le habla. Sin embargo, al final de la película, volveremos a presentir que esas palabras iban dirigidas a quienes miramos la película en cuanto observadores distantes de una tragedia (re)conocida.

En la rueda de prensa con motivo de su estreno en el festival de cine de terror de Bilbao, FANT, se le preguntó a Lee Cronin, su director, por el inoportuno título en castellano que se le iba a poner a su filme. El director irlandés no se inmutó pero, ciertamente, esa traducción tan alejada de la idea original no ayuda a llamar la atención sobre la singularidad de un filme cuyo interés supera la media de un género tan maltratado por los exhibidores españoles.

En “Déjame salir”, un debutante director de origen afroamericano utilizaba el terror para denunciar el racismo. Se servía de la metáfora para desnudar la realidad. Aquel filme estimable titubeaba en su recta final. Jordan Peele, esa era la sensación, tras recrear el texto original del autor de “La semilla del diablo”, después de cuestionar la nobleza de la familia americana, dejaba entrar una cierta esperanza en la América que se disponía a soportar a Donald Trump.

No hay concesión hacia el público que guste del orden, buen gusto y películas que abrazan el principio aristotélico de presentación, nudo y desenlace. Aunque no lo parezca, esto último, un relato, sí acontece en “Mandy”, pero en clave de delirio. El filme de Panos Cosmatos, hijo de George P. Cosmatos, amanece a ritmo de King Crimson para cantar a un crepúsculo.

El 20 de agosto de 1987 se estrenó en España “Depredador”. Había dos motivos incontestables para acudir a verla. Al menos para quienes en aquel tiempo no hubieran superado los 35 y supieran gozar con el cine ochentero de acción. La principal se llamaba John McTierman, su director.

Al paso que vamos, dentro de unos años, cuando se repase la historia del cine español, se concluirá con la evidencia de que Belén Rueda habrá sido al género de terror del primer tercio del siglo XXI lo que Pepe Isbert fue a la comedia española de los años 50.

Hasta ahora, Ari Aster era un total desconocido. Un chaval alumbrado hace 32 años en la Nueva York que se encaminaba hacia su transformación en un parque temático. Nació al final de la década de los 80 y la ciudad de Woody Allen y Martin Scorsese sufriría, poco después, bajo la batuta de su alcalde Rudy Giuliani, algo más que un cambio de maquillaje.