La primera vez que fui consciente del interés de un director llamado Mikael Häfsröm fue en Sitges. Se trataba de 1408 (2007), una película de terror basada en un cuento homónimo del Stephen King. Sus protagonistas eran John Cusack y Samuel L. Jackson y, aunque aquello no era El resplandor, la solvencia del director sueco parecía notable.
Cada cinco minutos algún actor de los que deambulan por El consejero se ve obligado a declamar una frase lapidaria. Entonces recita un pensamiento hondo de los que provocan rubor a quien los dice y vergüenza ajena en quien los escucha. Por ejemplo: “la verdad no tiene temperatura”. Y, ciertamente, hasta ahora la calidad moral de los deseos humanos no se mide en escalas Kelvin, Farenheit o Celsius.
Con una de las filmografías más regulares, extensas e identificables de los cineastas contemporáneos, el cine de Allen aparece siempre fiel a sí mismo. Todas sus películas se parecen, pero todas se las ingenian para imponer una vuelta de tuerca que las hace reconocibles a su herencia, pero distintas a la anterior.
La cuestión, la gran pregunta que abrasa la naturaleza manierista de La cabaña en el bosque, la formula un personaje interpretado por un icono de la sci-fi, la teniente Ripley (Sigourney Weaver). Solo hay dos salidas: morir por la Tierra o morir con la Tierra. La respuesta al enigma la encontrará el público en los últimos compases del filme y con ella, quedará claro el grado de altruismo que caracteriza a la raza humana en el tiempo de la contemporaneidad.
A los quince minutos, las alarmas que provoca Don Jon se apoderan incluso de aquellos espectadores que se identifican con su protagonista. A la hora y cuarto se hace evidente que este actor-director-guionista sabe lo que hace y en ese hacer lo que sabe late una bofetada a tanta exaltación erótica de comedia gruesa para descerebrados que van al cine en busca de carne, chistes y destrucción.
Desde los títulos de crédito, el interior de un piano captado a través de una mirada que juega con los desenfoques y con los tamaños; o sea con las deformaciones que provoca la intersección de ambos recursos, se nos informa que aquí hay un director de pasión y cinefagia. Incluso ese detalle, arrancar con las credenciales en cuyos resquicios descansa la clave del filme, delata unas fuentes que saben del cine manierista de los años 50.
De Greengrass se afirmó que había renovado las claves del cine de acción. Su nombre, se nos decía, era garantía de ese equilibrio improbable entre calidad y cantidad, entre autoría y evasión, entre entretenimiento y compromiso. Obras como Domingo sangriento (2002); El mito de Bourne (2003); United 93 (2006) y El ultimátum de Bourne (2007) daban fe de ese libro de estilo, pero establecían al mismo tiempo una imparable sensación de decadencia.
Hace apenas tres meses James Wan, uno de esos valores del neo-terror del American Gothic, ratificaba con The Conjuring que se había convertido en uno de los grandes clásicos de nuestro tiempo. Autor de Saw, una de esas películas capaces de introducir una nueva variante en un territorio abonado por la inventiva, la heterodoxia y lo bizarro, James Wan y su inseparable coguionista y compañero, Leigh Whannell, ocupan el lugar que en el pasado disfrutaron gentes como John Carpenter, Joe Dante e incluso Sam Raimi.
El mayordomo que da título a este filme, el hombre al que Lee Daniels (Precious, 2009, The paper boy, 2012) le hace un homenaje fervoroso, existió en la realidad. Llegó a la Casa Blanca casi por casualidad y con gesto sumiso. Trabajó sin interrupción al servicio de todos los presidentes yanquis desde Eisenhower a Reagan.


