A partir de un artículo publicado en una de esas revistas de “vanidad y mujeres”, Sofia Coppola (re)compone un retrato sobre el vacío y la estulticia. Entre Las vírgenes suicidas (1999) y estas “zorras -así se llaman entre ellas- ladronas” no consiguen alcanzar todas juntas más de media docena de neuronas.

Si alguna vez merece la pena superar la animadversión que provoca el 3D, colocarse unas gafas que han reposado en cientos de narices ajenas y encarar esa sensación de artificio permanente, es aquí, en este filme. Nunca como ahora, la tridimensionalidad ha sido digna de pagar el excesivo precio que cobran por verla.

Hay detalles que parecen gritos, pueden ser pequeñas costuras en el fuselaje fílmico (hablamos de cine) pero provocan graves dudas sobre la seriedad del prototipo. Suele pasar con los guiones. Allí donde en la palabra escrita se percibe una arruga extraña, un abrochamiento artificial, un forzamiento al verosímil; en la pantalla, ante la imagen expandida, la sombra deviene en tinieblas y el artificio evidencia toda su trampa, toda su vergüenza.

Se puede entender este Cruce de caminos como una suma de conjuntos, un filme río que no es lo que parece y que no reniega ni a identificarse con su tiempo ni a asumir el peso de la tradición. En su estructura ósea, Derek Cianfrance esboza un interesante ensayo sobre el peso de la sangre y la deuda de la genética.

Un prólogo sirve para introducir la presencia de la psicosis y el crimen. Tras ese acto violento cuyas víctimas quedan en el anonimato, Adam Wingard y Simon Barret, director y guionista respectivamente de Tú eres el siguiente, aprovechan la carnicería para introducir el título con la sangre de una de las víctimas escrito en un espejo: You´re Next.

Cuando el público impaciente prepara su huida de la sala, en los compases postreros, tras la traca final, Jeff Nichols inserta dos planos fugaces, apenas dos fogonazos. Casi no hay tiempo para que el espectador pueda percibir qué es lo que en realidad ha visto. ¿Un cadáver en el agua? ¿Un hombre dormido? Entonces…¿qué ha pasado? Todo y nada.

Cuando el filme ha concluido, cuando la historia se cierra sobre sí misma, Sean Penn realiza su último quiebro como narrador. Hasta ese instante, hemos asistido a dos horas ensimismadas levantadas en torno a un protagonismo omnipresente: el del personaje que encarna Emile Hirsch.