Lo que Maisie sabía es una novela inquietante de Henry James publicada en 1897. En ella el escritor se adentraba en el relato de una niña de seis años que describe pormenorizadamente el naufragio afectivo de sus padres en un cuadro de infidelidades y egoísmos, desolador. Un diagnóstico feroz que se torna más sofocante porque es la víctima de todo ello quien lo cuenta. Ciertamente el cine ha cuidado bien a Henry James.

Hace un par de meses, Martin Scorsese (Queens, 1942), cumplió 71 años. A comienzos de los años 70, cuando en medio mundo todavía se hablaba del mayo francés, dos años después de que Janis Joplin y Jimmy Hendrix dejasen sendos cadáveres de 27 años, Scorsese encabezó el grupo de los denominados “movie brats».

Sospechosamente a tiempo, con la precisión del enterrador, el mal augurio del buitre y la brillantez formal de un anuncio del perfume de moda, se estrena este biopic cuando siguen resonando los llantos por la muerte de Nelson Mandela. Es decir, cuando todavía permanecen en el aire solemnes declaraciones institucionales, confusiones de analfabeto y acciones incomprensibles como las del traductor de signos.

Robert de Niro, aunque hace veinte años que no trabaja de verdad, ha protagonizado algunas de las más bellas e inmensas películas del siglo XX. En ellas hizo de (casi) todo. Una de las más grandes, lo convirtió en boxeador; en un fajador imponente vencido por el sobrepeso, la gula, el alcohol y la vanidad. Silvester Stallone, probablemente uno de los más limitados actores de su tiempo, ha filmado decenas de películas insustanciales pero pasará a la historia por su creación de dos personajes emblemáticos: Rambo y Rocky. Este último ha sido su mayor éxito y la primera entrega de su obstinado Balboa sin duda fue su mejor trabajo.

Cuando la película ya ha desplegado todas sus fuerzas, cuando el argumento se ve atrapado en eso que se (re)conoce como el nudo, ese instante en el que parece no haber salida en el horizonte ni posibilidad de echar marcha atrás en el desarrollo de los acontecimientos, tiene lugar una secuencia clave.

Prácticamente A propósito de Llewyn Davis se abre y se cierra con la misma secuencia. En el principio y en el final de este filme, que se presentó en Cannes 2013, los Coen convocan y/o reciclan el mismo episodio. Se trata de un recurso ya utilizado por el cine clásico que provoca en curioso efecto. Siendo/viendo lo mismo, su lectura nos conduce a conclusiones diferentes porque entre la primera vez y su repetición, en cuanto espectadores, se nos ha iniciado en las entrañas del relato.

Cuando la película llega a su último tercio, a la hora de la verdad, parece obligado repetir, como si un mantra se tratase, lo que su título español indica: Sobran las palabras. Al menos, una parte de ellas porque en este filme se habla mucho y aunque algo se dice, da la impresión de que se gasta demasiada saliva para decir más bien poco.

Concebida para acariciar el Oscar, 12 años de esclavitud se pasea como la película de la concordia, ese título capaz de aunar en el mismo aplauso todas las miradas. Empecemos por orden. Para derrumbar las murallas más críticas, esta producción ofrece a un cineasta temible. Un hombre que surgió del siempre árido territorio del arte contemporáneo y lo hizo abofeteando la adormilada escena cinematográfica.