Es probable que un sector del público, especialmente el que se mantiene opaco al uso de los ordenadores, crea que esta película no tiene ni pies ni cabeza. Que se trata de una extravagancia bizarra. Un galimatías hecho para embaucar a modernos. Lo curioso es que hace veinte años, la inmensa mayoría del público hubiera pensado eso mismo.

La sombra de lo real, por más que aquí todo sea una exagerada caricatura, acompaña desde el comienzo a los ficticios personajes de El poder del dinero del oscuro director australiano de sangre croata e italiana, Robert Luketic. Los ecos de la verdad provienen del pulso sostenido en el mundo de la ingeniería informática por Bill Gates y Steve Jobs, o si se prefiere de la guerra comercial incruenta entre Apple y Microsoft.

Hacia la mitad de Monuments men, cuando ya no hay esperanza alguna de que la película alce el vuelo, George Clooney, director y actor protagonista, hace decir a su personaje: “Además de guapo, también soy manitas”. De modo inconsciente, Clooney traspasa la ficción a la realidad para declarar así la naturaleza de su quinta película como director: una insulsa frivolidad.

Aunque la reinvención de Robocop 2014 respeta incluso el nombre del policía cuyos restos sirven para (re)construir el cyborg que Robocop es, el esforzado y notable trabajo de José Padilha no puede (ni quiere) recuperar su naturaleza originaria. En ese sentido, Robocop 2014 se comporta un poco como el Old Boy de Spike Lee con respecto al de su modelo de partida; aunque hay planos y secuencias idénticas, las diferencias resultan abismales.

Cien minutos permanece Robert Redford solo ante la cámara. Cien minutos en los que J.C. Chandor trata de confirmar lo que su ópera prima, Margin Call (2011) había prometido: que alberga en su interior a un buen cineasta. Para colmar las expectativas, Chandor (se) lo pone difícil; echa mano a casi nada. Un actor, el mar y una embarcación a la deriva que hace aguas.

Hay que esperar a que el filme entre en su último tercio para entender a qué se refiere el título original. Lo que el filme, dirigido por John Lee Hancock, relata es el proceso laberíntico e incluso tortuoso por el que Walt Disney consiguió (con)vencer a la escritora de Mary Poppins. O cómo el reino de Micky Mouse, llevó al cine un relato en cuyo desván habita el dolor ante una figura paterna ausente, un Edipo atravesado que convirtió a Pamela Lyndon Travers en una mujer búnker; solitaria y agria.

Alexander Payne, buen conocedor del cine español, declaraba no hace mucho que quizá Pepe Isbert hubiera sido un actor ideal para Nebraska. También, decía, le habría gustado Fernando Fernán Gómez, aunque este último, apostillaba, quizá hubiera sido demasiado solemne. Tal vez se trató de una concesión al periodista español que le entrevistaba, pero lo que sugiere esa hipótesis es algo que se presiente tras la proyección de Nebraska.

El tono que preside la gran estafa americana siempre aparece crispado. Las interpretaciones, en consecuencia, coquetean con el exceso, con el histrionismo. ¿La historia? La historia es puro esperpento, comedia americana, esa que entusiasma al público estadounidense pero ante la que muchos europeos se sienten incómodos por esa afectación interpretativa.