La apatía e insipidez de Shailene Woodey, protagonista decisiva de Divergente, ejemplifica la naturaleza de esta nueva saga cinematográfica. Bajo la dirección de Neil Burger, autor entre otras de El ilusionista (2006), la producción, poderosa en medios, paupérrima en talento y vacía de personalidad, ha dispuesto todas sus baterías en dirección al mismo tipo de público. El que convirtió a Crepúsculo en un fenómeno de masas, prácticamente el mismo que ahora vibra con Los juegos del hambre.
El próximo 14 de junio, Steve Ditko cumplirá 87 años. Vive como una sombra en un apartamento de Manhattan. Recibe pocas visitas y casi nadie le reconocería si se lo cruzasen por una de las calles altas de Nueva York. A él, eso no le preocupa. Él dibuja, dibuja sin parar. Se autoproduce un fanzine de corta tirada que vende a precio de saldo sólo en algunas librerías especializadas.
En el extremo opuesto al cine de autor, ese que Francia ha impuesto a medio mundo, se sitúa, también en territorio galo, otro cine de vocación populista y ninguna pretensión artística. Pertenece a la industria cinematográfica que se debe a la avaricia de taquilla, a la llamada del pelotazo. El camino habitual está asfaltado por comedia de trazo tosco y risa tonta. En ese reino, no hay ensayos ni reflexiones; no hay búsquedas ni rigor.
Como en las mejores comedias y proverbios de Eric Rohmer, hay tanto destello de autenticidad, tanto sudor real en la conformación de los protagonistas de Frances Ha que, aunque la mayoría de quienes se enfrenten a esta película no encontrará posibilidad alguna de simpatizar con sus personajes, no podrán evitar percibir que Noah Baumbach sabe ahondar en la esencialidad del contexto dibujado. Dicho de otro modo, y esto es una rara virtud en tiempo de tanto cretinismo, sabe de lo que habla y habla con conocimiento.
Darren Aronofsky no es un cineasta acomodaticio, ni acomodado. Desde su primer largometraje, Pi (1998), una pesadilla matemática en la que se (con)fundían la cábala judía con el tiempo de la informática y la revolución de lo binario, se hizo evidente que para Aronofsky todo era cuestión de número y sentido. Todo era territorio imposible donde se abrazaban la razón y el misterio.
El mayor enemigo que acecha a la imagen de cualquier artista se encuentra en su propio trabajo. Si del cine de Ridley Scott desapareciera un tercio de su producción, o mejor todavía, si solo permaneciera un veinte por ciento de la misma, Scott sería uno de los grandes cineastas de todos los tiempos. No digamos nada del caso de Spielberg ni de los últimos trabajos de Atom Egoyan, un cineasta de culto en los años 90 y ahora ¿definitivamente? sostenido sólo por el ruido de lo que fue en otro tiempo.
El reparto actoral denota, esquinadamente, una declaración de principios sobre las querencias de quien lo (con)forma. Los actores llevan impresa en su piel, como un palimsepsto orgánicamente vivo, reflejos de los personajes que han sido. Son lo que son más la suma de esos ecos que resuenan en su ADN curricular. Wes Anderson, tras el crédito acumulado por su orfebrería de luna y sueño titulado Moonrise Kingdom, insiste en esas superposiciones con un reparto abrumador. Ninguno de sus intérpretes pertenece al territorio de lo blando.
No hay director español cuyas películas hayan convocado tantos espectadores como Jaume Collet-Serra. Cuando debutó con La casa de cera (2005), lo hizo a lo grande con un filme pequeño. No es fácil empezar a dirigir y que Paris Hilton sea una de las actrices dispuestas a ser víctima del sadismo de un guión repleto de violencia extrema y mal rollo.



