La presencia andrógina de Tilda Swinton y el hieratismo interpretativo de Tom Hiddleston conducen con fascinante solemnidad esta visión distópica del jardín de las delicias. En él, llamar a sus personajes Adán y Eva no es tanto una concesión a lo obvio como un subrayado a la condición humana y a su anhelo de permanencia eterna.

Cuando Bryan Singer cogió las riendas de la adaptación cinematográfica de X-men, lo hizo con una declaración de principios: en su acervo cultural, la Marvel era una palabra sagrada y en su relación con los héroes de papel, no habría condescendencia. O sea, Singer hacía como había hecho Sam Raimi, como hizo Tim Burton y como haría Christopher Nolan.

El cine del tercer milenio escarba sin vergüenza ni disimulo en el mundo de los cuentos de hadas. Y por razones a desentrañar, desembocan allí maduras actrices de amplio historial e indiscutible belleza. Hace una década, acaparaban (siguen en la cima) las listas de las sex-symbol de occidente; ahora se recrean haciendo de villanas en estos cuentos de niños fabricados para seducir a sus padres. Como es sabido, son los padres quienes eligen las películas infantiles de sus hijos.

Si el año pasado Searching for Sugar Man dirigida por el malogrado Malik Bendjelloul, arrasó en medio mundo y rescató de las tinieblas del olvido la figura de Sixto Rodríguez, A veinte pasos de la fama parece intentar algo semejante sacando del anonimato a las chicas del coro. Ambos filmes han ganado el Oscar a mejor filme documental, ambos se centran en la escena musical pero… ambos son profundamente distintos en todo lo demás.

Este Puzzle chino, ese es su título original, no aporta ni una idea propia. Y sin ideas personales, nada hay en él que pueda reclamarse como original. Nada sorprende, nada la hará perdurable. De hecho, Cédric Klapisch, guionista y director, o sea, alguien que se reclama como autor, establece una torpe identificación con el protagonista; un escritor empeñado en una nueva novela, cuya vida sentimental y peripecias personales acaban sirviendo como nutriente definitivo de algo que se dice ficción, pero que no es sino proyección autobiográfica.

Símbolo de la barbarie bélica, Godzilla nació en 1954, nueve años después de que Japón recibiera dos zarpazos criminales en Hiroshima y Nagasaki. Aquella traca apocalíptica con la que se rubricó el final de la segunda guerra mundial, holocausto sanguinario que supuso el asesinato de miles de personas inocentes, fue una exhibición obscena de la capacidad de matar del ejército estadounidense.

Nicholas Stoller, profesional británico enrolado en la industria norteamericana, presenta unas credenciales que, si se estrujan,dan como mínimo común denominador la búsqueda del éxito popular a cualquier precio. Dicho en clave industrial, Stoller milita en ese cine llamado comercial que huye del riesgo casi tanto como del talento.

La presencia de Woody Allen, su innegable capacidad de empaparlo todo con expresión titubeante presidida por una mirada miope en permanente estado de perplejidad, lo anega todo. Para la mayoría, las películas de Woody Allen son todas aquellas en las que el actor aparece, poco importa quien las dirigió. Por eso, no han sido muchos los que se han atrevido y, desde luego, ninguno era convencional: Herbert Ross, Martin Ritt, Jean Luc Godard, Paul Mazursky… y ahora, John Turturro.