Allí donde se amontonan los restos del naufragio en el que se consumen los vanos intentos de reflotar la saga de George Lucas, en la misma fosa en la que agoniza un sexagenario Indiana Jones, un director insolente, heterodoxo e irreverente llamado James Gunn, lidera una producción que puede ser considerada como el Star Wars de la segunda década del siglo XXI.
En alguna ocasión y en estas mismas páginas ya se ha dicho: fusionar cine y cocina rara vez da lugar a buenas películas. Por el contrario, casi siempre provoca peligrosas gastroenteritis mentales que conviene evitar. Primero las sufren quienes las hacen, suelen ser víctimas de una felicidad alelada. Luego traspasan ese virus a los incautos espectadores, que salen de la sala con vacío en las tripas y la cabeza hueca.
Desde que en 1998 firmara Dos policías rebeldes, Michael Bay se ha convertido en algo así como el director del verano; el hombre que cada año se encarga de realizar el más difícil todavía. Su trayectoria no tiene desperdicio: La Roca (1996), Armageddon (1998), Pearl Harbor (2001), Dos policías rebeldes 2 (2003) y La Isla (2005).
Precedida por Once (2007), un insólito filme convertido en pieza de iniciación para quienes ahora se adentran en la treintena, Begin Again trata de no defraudar la creencia de que John Carney está llamado a rescatar el género musical del apartheid al que el tiempo del descreimiento digital había condenado.
Dentro de mes y medio, un filme titulado como éste, El protector inaugurará el festival de Donosti y servirá para que Denzel Washington acuda a cumplimentar la necesaria aportación de glamour y lujo que reclama el Zinemaldi. Esa coincidencia, hay otras muchas películas con el mismo título, subraya el agotamiento absoluto del cine comercial.
En Las vidas de Grace habitan muchas películas. Todas giran en torno a un territorio común hecho de náufragos adolescentes arrojados en una cuneta de desafectos y desarraigos. Ese contexto común, un hogar de acogida, es el espacio en el que Destin Daniel Cretton, responsable del guión y la dirección, mete la cámara con un afán aleccionador.
En la secuencia cumbre, la única en la que el filme parece despertar insinuando un camino de irreverencia que finalmente no tomará, cuando Annie, el personaje que protagoniza Cameron Diaz, esnifa una raya de cocaína en compañía de su futuro director, un aparente ejemplar padre de familia que vela por la buena imagen del país de los sueños que se compran con dinero, la disparatada luz de los originarios Farrelly ilumina lo que hasta ese momento es pura mediocridad.
Hay varios hundimientos en este naufragio total en el que se abisma esta obra inspirada en El planeta de los simios que en 1968 protagonizó Charlton Heston. El peor parado se llama Matt Reeves, un lugarteniente de J.J. Abrams, al que sólo se le pedía igualar los pulcros logros alcanzados por un Rupert Wyatt que supo armar sólidamente El origen del Planeta de los Simios.



