Escoger a un actor como Ben Affleck para cargarle con el peso de un relato como el de Perdida nos retrotrae a la estrategia seguida por Kubrick para su última película; Eyes Wide Shut. Affleck, como Cruise, provoca en la platea una profunda desconfianza. A ambos les pasa como a algunos jugadores de fútbol, juegan más de lo que se les reconoce y son mejores de lo que se les trata.
Así como no debe confundirse el cine indie con el cine de low cost, tampoco debe equipararse como cine de autor a todo texto fílmico en el que se hace posible reconocer a su creador. Viene esto a cuento de directores como Antoine Fuqua, un realizador del que siempre se acaba por evocar un título, Training Day (2001), y ante quien conviene pasar de puntillas por el resto de una decena de olvidables títulos.
Un comienzo sorprendente y una presencia fascinadora inauguran por todo lo alto La desaparición de Eleanor Rigby. El arranque, lógicamente, no se va a detallar. En cuanto a la fulgurante presencia, digamos su nombre: Jessica Chastain; una de esas actrices que insuflan a sus personajes un toque de distinción, un plus de carisma que está más allá de la fotogenia.
ay algo de afán crepuscular en La entrega. Y lo hay por muchas razones. La más evidente proviene de ese toque de queda arañado por la melancolía de saber que aquí termina la carrera de James Gandolfini, un actor que en sus últimos años de vida pedía un lugar en el Olimpo actoral junto a grandes como Bogart, Mitchum o McQueen.
Desde su mismo título, este filme de génesis insólita y resultados formidables, se atrinchera en una línea de calculada ambigüedad. Polimorfo, mastodóntico y arriesgado, su existencia ofrece al público un despliegue de incontables lecturas. De hecho, su autor, Richard Linklater ha contribuido con sus declaraciones a ahondar en ese juego de apariencias.
La primera frase que se escucha es la que da título a la película. Los habituales a las bodas, seguramente saben a qué se refiere sin necesidad de ver la película. Alude, claro está, a la escasa garantía que los novios transmiten sobre su capacidad para la convivencia. Con esa pregunta tan trascendental, ¿durarán?
En la plenitud de su carrera, Francis Ford Coppola, convertido en un iluso David, se enfrentó a los molinos de Hollywood sin ser consciente de que eran gigantes vengativos. Lo hizo con un musical heterodoxo, un género que los grandes estudios habían desterrado y con el que Coppola se iba a enterrar. Corazonada significó la ruina del director que tuvo el mundo a sus pies tras firmar joyas como El padrino y Apocalypse Now.
Nada ha podido superar todavía la conmoción que provocó El exorcista, el filme de William Friedkin realizado hace ahora 40 años. Recapitulemos. Eran los años 70, un tiempo de confrontación con una realidad que no era la que habían preconizado los movimientos libertarios del 68, ni el ya imparable reconocimiento de los horrores del Vietnam, los delirios de Mao, la locura en la América latina o el nuevo cautiverio de la Europa del Este.
Bajo el disfraz de una obra de época, bien fotografiada, mejor interpretada e inteligentemente escrita, respira un filme notable que se interna en el resbaladizo territorio de la condición de la mujer en el pasado (pura melancolía del presente) para engarzar dos condiciones de agresión: la de género y la de raza.


