La culpa no la tiene el realismo mágico, un ¿género?en cuyo nombre se cometen las barbaridades más injustificadas. La responsabilidad de lo mucho bueno y de lo bastante malo que agita la zozobra de El secreto de Adaline hay que buscarla en el casting, en el tono y en la puesta en escena. Hay en este filme motivos para aplaudir su existencia. Multitud de detalles brillantes, pequeños arabescos de ese buen cine que funde la inquietud con la emoción. Hay tantas buenas razones como momentos en los que la irritación se impone ante su tosca falta de sutileza.
En esa maravillosa trilogía, obra cumbre del cine de animación, llamada Toy Story, fugazmente, en el episodio de su conclusión, se veía la figura de Totoro, la criatura más (a)preciada del universo de Miyazaki. Y esa presencia era un homenaje, un cameo entendible como un acto sincero de respeto y complicidad. No es ningún secreto que Lasseter, padre de Pixar y reencarnación de Disney en la Disney del siglo XXI, admira la obra del cofundador de los estudios Ghibli.
Una frase tomada de un viejo filme del incontestable Lubitsch y la súbita aparición postrera de un Tarantino que ya no cumplirá los cincuenta años, establecen los límites referenciales en los que se mueve este Peter Bogdanovich considerado un maestro en los años 70 y hoy, desconocido para la inmensa mayoría del público que llena las salas de estreno en busca de superhéroes.
Aunque Ant-man pertenece a la factoría Marvel y, aunque para la mayoría de sus espectadores se trata de un superhéroe de papel, sus orígenes tienen algunos precedentes ilustres tanto en el mundo literario como en el cinematográfico. Paradojas de una (in)cultura que ha mirado con suficiencia y desprecio el poder de los tebeos y su capacidad para reescribir en clave pop(ular) algunos de los fundamentos propios del poder simbólico de los mitos.
Sin ocultar su pretensión de aspirante a obra mayor, Rupert Goold, un director británico, casi un desconocido aunque con una cierta experiencia televisiva, se aplica con fervor y convicción en Una historia real. Y lo hace como merece un largometraje que representa su puesta de largo, su graduación, su prueba definitiva. Con ambición de autor; con gula de solvencia cinéfila; con la actitud de quien sabe que aquí se la juega.
El retorno de Terminator, la impactante fábula distópica sobre el duelo entre la máquina y el hombre, no lo hace a bordo de la farsa sino crucificado en la parodia.Y eso es lo grave. Que Terminator/Schwarzenegger ya no se respeta ni a sí mismo ni a lo que para otros significa. Terminator representa(ba) una de esas referencias emblemáticas de un tiempo.
A James Cameron se le recuerda por sus empresas desmesuradas, por esos filmes mastodónticos que destrozaban hitos de recaudación al tiempo que abrían nuevas formas o imponían modelos a imitar. Nadie ignora que Cameron fue el creador de Titanic, de Avatar, de Terminator e incluso de la segunda entrega de Aliens.
Como la falla a la que designa su título, esta película está atravesada por una grieta que resquebraja de arriba abajo su contenido. A un lado, en el bando escópico, todo evidencia oficio, eficacia, ambición y por qué negarlo, incluso talento industrial. No es fácil crear esa sensación de apocalipsis por mucho dinero real o/y mucha pólvora virtual de la que se disponga.
En la fase principal, en el punto de fusión del argumento de Jurassic World, los protagonistas encuentran restos del primer Jurassic Park, aquel que comenzó todo consagrando a Spielberg como el director de moda de los años 90. Con esos restos, puras reliquias de cifenilia fervorosa, los personajes salvan el pellejo. Así, el cine nutre al cine, lo virtual se hace real y la aventura cobra tintes de renacimiento en un filme irreprochable porque da de sí todo lo que podía dar un proyecto que nace con los puntos cardinales de su territorio perfectamente prefijados.
Costaría trabajo, sin información previa, identificar que el director de La caza (2012), Submarino (2010), Querida Wendy (2005) y Celebración (1998) es la misma persona. Quién podría imaginar que el Thomas Vinterberg que hace dos décadas inventó, junto a von Trier, Dogma 95, acabaría resolviendo este pulcro, medido y fascinante melodrama romántico titulado Lejos del mundanal ruido.

