Cabeza visible y probablemente el mejor director del pujante cine francés de terror que amaneció con el nuevo siglo XXI, Alexandre Aja se enfrenta en Horns a su proyecto más complejo, más arrebatado. Este argumento en una industria como la española jamás se hubiera realizado.
La capacidad del cine fantástico para significar mucho más de lo que reproduce y representa y para convocar aquello que se escapa de la evidencia de su anécdota argumental, hacen de este género, el más polisémico de todos, el más inquietante, el que mejor puede y quiere simbolizar los miedos que amedrentan al ser humano y sus fantasmas. It Follows da una lección de solvencia del poderío del género fantástico.
Canet, actor antes que director, empieza este thriller de ecos clásicos y refuerzos modernos, con un guiño al cineasta de la posmodernidad. Todo despega en una habitación con olor a cerrado. Un tema destilado de un vinilo mete tensión y ruido. Uno de los tres personajes, inequívocamente peligrosos, cuenta un viejo chiste al estilo Tarantino. Y al estilo Tarantino, con sangre y disparos, empieza un filme que pronto cambiará de tono en busca del talento del coguionista.
Cuando en la recta final, en ese momento en el que el nudo comienza a des(a)nudarse, una de las walkirias juguetea con una pequeña caja de música, el público avezado (pre)siente, como hace el hierático Max-Tom Hardy, una sensación de déjà vu premonitoria y enigmática. Brilla fuera de la pantalla un relámpago de autoconsciencia que articula el pretérito, lo que ya sabíamos, con el por/venir.
Cuando el gran triunfador del Oscar 2015, Alejandro González Iñárritu, calificó a las películas de superhéroes de genocidio cultural, no lo hizo pensando en La era de Ultrón. Probablemente ni siquiera sabía que se estaba rodando. Iñárritu lo que hizo fue reiterar lo que en su película, Birdman, se hace evidente: que el director mexicano fue un niño sin tebeos.
El status de Fred Schepisi le condena a ese pelotón de directores cuyo nombre no se olvida nunca del todo pero al que nunca se le echa de menos. Está ahí y siempre al frente de películas destinadas a ser carne de pelotón, gregarios ajenos a los que nunca se les invitará a la noche del Oscar y raramente conseguirán récords de taquilla.
Así como los accidentes de circulación suponen la mayor intromisión del azar y la muerte en las acomodadas existencias de la clase media de la sociedad del bienestar; la boda y su ritual, parece ser el gran evento, ese pequeño y fugaz fogonazo de glamour para esas vidas comprometidas con una rutina sin sobresaltos. Convertido en un subgénero, el número de películas que gira en torno a una boda crece cada momento.
¿Qué le quedaba por hacer a Russell Crowe después de haber interpretado a Máximo Décimo Meridio, el favorito del emperador Marco Aurelio, a Robin Hood, al campeón mundial de los pesos pesados James J. Braddock, al padre de Superman o a Noé, y después de haberse atrevido a poner no solo su figura sino también su voz al malvado Javert en Los Miserables? La respuesta la ha dado él mismo atreviéndose a pasarse al otro lado de la cámara.
Jaume Collet Serra se ha convertido en un profesional yanqui. Español de nacimiento, su pasaporte no cuenta. A diferencia de Almodóvar, Amenábar, Bayona y Trueba, no estamos ante un cineasta que hace las Américas, sino ante un director que nació figuradamente allí. Sus películas han sido más vistas en EE.UU. que todas las de los cuatro directores citados. Pero en su tierra natal, pocos sabrían reconocer su rostro.


