Filadelfia es también el hábitat donde se ha (con)formado el universo de M. Night Shyamalan, un cineasta de origen hindú convertido en un Stephen King cinematográfico. Allí, una tras otra, nacieron sus obras: El sexto sentido, El protegido, Señales, El bosque, La joven del agua… En ese devenir, Shyamalan ha pasado de conocer el aplauso unánime a ser zarandeado y puesto en cuestión.
La espina dorsal de su argumento proviene de un transplante del guión de Bourne en un organismo que posee el corazón de un teenager amante de los tebeos. Eso provoca un extraño maridaje; un tono ambivalente que combina lo excesivo del thriller con lo hiperbólico del humor, una mezcla agridulce entre la acción y el chiste de sal gruesa y aceite espeso. Dicho así, cabría pensar en un monstruo bicéfalo y no es cierto.
Lo propio de Norah Baumbach es navegar a contracorriente, abrazarse a esos espacios de desajuste que poco tienen que ver con el mundo que Hollywood fabrica(ba). Eso lo supo ver uno de los más deslumbrantes talentos del cine actual, Wes Anderson, cuando contó con él como guionista. De hecho, quienes hayan disfrutado con The Life Aquatic y Mr. Fox sabrán (y creerán) reconocer aquí algunos sedimentos de su personalidad.
Morgan Freeman y Diane Keaton se dan un homenaje actoral y con él, realizan un encendido panegírico sobre las glorias de Nueva York y el privilegio de vivir en esa gran manzana que cada vez parece más una versión ¿adulta? de Disneylandia. Dicho de otro modo, Keaton y Freeman pasean con orgullo y disfrute el hecho de, como Bruce Springsteen, haber nacido en los USA.
Desde el primer toque, las cosas están claras. Tras los tres primeros chistes que provocan hilaridad en la sala, las cartas se ponen boca arriba y la sombra de Aterriza como puedas (1980) pide pista. Su irreverente tono humorístico señala el camino. No es casualidad que el oficio del padre de familia de esta disparatada comedia llena de sobreentendidos y más yanqui que la hamburguesa de McDonald sea piloto de avión en una línea de low cost.
Si alguien lo ha analizado, lo desconozco. Pero la cuestión no admite dudas. ¿Por qué cuando se lleva al cine las aventuras y personajes nacidos en los tebeos se invierte la esencia de su naturaleza? Lo propio de estos personajes, nacidos en y para el papel como Los cuatro fantásticos, consiste en el seguimiento de sus aventuras. Sus lectores esperan las nuevas entregas pendientes de la calidad del nuevo enemigo y ávidos de más sorpresas que exijan de los héroes un esfuerzo mayor y de los guionistas una aventura más insólita.
Hay películas de difícil ubicación. ¿Qué cuentan?, ¿a qué género pertenecen?, ¿a qué se parecen? En el caso de Señor Manglehorn no hay respuesta fácil ni evidente. Tampoco resulta sencillo discernir cuáles son sus fundamentos. Veamos. Tenemos a un peso pesado de pasado ilustre y de presente turbio, Al Pacino. A su lado, una gran dama que conoció tiempos mejores y vivió altos vuelos, Holly Hunter. Entre ambos, en un papel que es algo más que un cameo preñado de guiños para iniciados, un director de culto, Harmony Korine. Sólo por esa mezcla imposible, ya estaríamos acentuando algo: este señor quiere ser raro.
Franceses y norteamericanos son especialistas en construir películas sobre ese estadio de perturbación pasajera llamado adolescencia. A ese subgénero, muchas veces resuelto en clave autobiográfica donde la voz del protagonista ejerce de narrador que secuencia a secuencia nos desvela los secretos de su diario personal, pertenece Ciudades de papel.
A Puccini lo mató un cáncer de garganta cuando escribía los últimos compases de Turandot. A Tom Cruise, esta entrega de Misión imposible atravesada por la ópera de Puccini, le ha salvado el cuello porque, tras encadenar una serie de fracasos seguidos, su figura renace gracias a este filme trepidante, hueco y entretenido. Digámoslo rápido. Misión imposible 5 es nada más que puro espectáculo, exaltación acrobática, pero también un solvente producto que se mueve en esa gama de cine de acción y espías a la que pertenecen Jason Bourne y James Bond.
En Hollywood, en el cine americano, el de Estados Unidos, no hay argumento descabellado ni relato que se perciba como insensato. Una de las sensaciones comunes a todo aquel que por primera vez viaja a Nueva York o a Los Ángeles, es comprender que todo el país no es sino un inmenso plató cinematográfico. Nada es irreal cuando lo real es (casi) todo. Así que ningún profesional del cine encuentra serios apuros en hacer verosímil que vuelen los superhéroes entre los rascacielos, que las tormentas de hielo paralicen Central Park o que los marcianos declaren la enésima guerra de los mundos.

