Hay dos relámpagos de duda en el discurso patriótico que realiza Steven Spielberg en El puente de los espías. Suele pasar. Cuando llegan a la madurez de su carrera, cuando comienza la epifanía del ocaso, las personas sensibles titubean. En el caso de los directores norteamericanos que más han contribuido a perfilar los iconos del American Way of Life, esa sensación de pérdida y desorientación adquiere un tono agridulce, un pellizco de paradoja.
En la anterior entrega de Pixar, Del revés, la factoría daba peligrosas señales de agotamiento pese a que muchas reseñas críticas no lo querían ver. De hecho, nunca como hasta ese momento, en su zona central, un filme de Pixar había necesitado saquear legados ajenos. Pese a sus muchos aciertos, a Del revés le faltaba aire. En su férrea estructura. la rigidez de la misma le quitaba su mejor virtud, la capacidad de abrazarse a la heterodoxia para reinventar lo inventado.
Mistress America, ya lo delata su título, se extiende entre el american way of life y el foreveryoung, pura tautología que esconde la recompensa de descubrir un inteligente guión con unos actores brillantes que avanzan al galope y con alta inteligencia. Así, si se supera la animadversión que provoca la (est)ética del mundo universitario USA y sus rituales iniciáticos; si se es inmune al Día de Acción de Gracias, familias (des)unidas y sueños de triunfo, aquí podrán hallar una pequeña joya del cine de ahora.
Hace poco más de un año, Denis Villeneuve acaparaba un doble protagonismo en el festival de cine de San Sebastián donde concurría con dos largometrajes. Uno, a concurso, en la sección oficial, Enemy. El otro, Prisoners, para acompañar al premio Donostia de ese año, Hugh ( Lobezno) Jackman, protagonista de una película que hablaba de venganzas al servicio de la ley del Talión.
Al comienzo del filme, en la capital de Mexico, en el corazón del DF, en plena celebración del día de los muertos, 007, el agente con licencia para matar, aparece disfrazado de esqueleto como un trasunto de la muerte. La secuencia, pura coreografía, lujo de producción y con una ejecución precisa, abre un relato que crece sobre un equilibrio a dos bandas. De un lado, el arquetipo 23 veces establecido del personaje creado por Ian Fleming.
En los postreros minutos de lo que ya ha perdido el norte, Vin Diesel, más Arnold Schwarzenegger que nunca, lanza un grito de guerra: “Estoy que ardo”. Lo que viene a continuación no es necesario explicarlo por razones obvias. Lo que sobreviene es una traca final que aspira a ser un infierno pero que en realidad calienta menos que la llama de un mechero.
Todo en La cumbre escarlata sabe de la pasión. Todo se debe a la fiebre de ese fabulador ebrio de lecturas no olvidadas autor de Cronos (1993) y El laberinto del fauno (2006). Como tal, el resultado (a)parece desmesurado, referencial, lleno de notas a pie de página. Dicho de otro modo, su relato deviene en goce de erudición con restos de acné adolescente y cinefilia sin bozal.
Hace 20 años, Francis Ford Coppola, todavía combativo aunque ya muy mermado por los descalabros económicos, produjo Don Juan de Marco, un filme inclasificable, de cuyos efectos algo sabe este Black Mass. Aquella película dirigida por Jeremy Leven, un veterano novelista y realizador que vive a caballo entre Paris y Nueva York, unió en el mismo espacio a Marlon Brando y Johnny Depp.
Una cosa es echar mano del eufemismo para evitar resonancias incómodas y otra provocar la confusión y ocultar su naturaleza. El título original de este interesantísimo y extraño filme de Alfonso Gómez-Rejón habla de una chica moribunda, un detalle nada baladí porque esa condición de enferma terminal da sentido a esta película que alguno ha definido como un love story hipster.
No escape, traducido aquí como Golpe de Estado, dirigido y coescrito por John Erick Dowdle, transcurre en algún lugar de Asia, al lado de Vietnam. Un lugar cuyo nombre nadie verbaliza. ¿Será Laos, será Camboya…? Todo lo más se nos indica, del innombrado país exótico, su pasado comunista y su presente violento y revolucionario. Pero todo queda descontextualizado, todo parece real, aunque nada resulte verdadero.

