Hace doce años, el Zinemaldi donostiarra presentaba una inesperada e interesante golosina fílmica:The Station Agent (Vías cruzadas). Con ella se presentaba un, entonces, desconocido Tom McCarthy. A juzgar por la originalidad del argumento, una suerte de vidas cruzadas a lo Altman, de ahí el “ingenioso” título español, la cosa prometía. Centrada en una estación de tren, una herencia estrafalaria, un protagonista aquejado de enanismo y un grupo de provincianos capaces de repensar otras formas de vida y otros agarraderos emocionales, ahí latía el inconfundible pulso indie forjado entre Sundance y Toronto.

Rocky 7, como se conoce familiarmente la última entrega de Silvester Stallone en la piel de Balboa, parece cerrar el círculo de la vida haciendo suyo un volver a empezar. Lo que emerge en esta obra crepuscular es lo que se formulaba en la primera entrega de Rocky, aquella con la que Stallone se ancló a un personaje que no le ha abandonado jamás. Un argumento tópico y un guión simple es cuanto necesita este filme para reiterarse en un proceso que gira en torno a la épica del perdedor capaz de sublimar su destino.

Concebida con los rasgos identitarios del nuevo cine norteamericano, el que ha sido inseminado por los hijos del facebook y la wikipedia, en La gran apuesta (como en muchas de las comedias y melodramas yanquis de los últimos años), se habla mucho y se entiende poco. Hay un verbo anfetamínico que presume agilidad e ingenio pero cuyo contenido, muchas veces, resulta abrumador e indescifrable; al menos en una primera visión.

La octava película de Tarantino hace alusión en su título al número ocho, el que rima con noche y asume el signo del infinito. Teniendo en cuenta que el número de aborrecibles personajes que aparece en su película no es exactamente ese, no cabe duda de que Quentin se alude a sí mismo. Esa es la cuestión, a estas alturas, a Tarantino le pasa como a todos aquellos creadores que han sabido mostrar e imponer un perfil propio. Tarantino ya no compite contra nadie, ya no debe demostrar nada. La vara de medir que se le aplica ha sido trenzada por su propio trabajo. Él es su enemigo.

Desde el primer fotograma, La chica danesa muestra las cartas bocarriba. Tras dos títulos tan deslumbrantes y exitosos como fueron El discurso del Rey (2010) y Los miserables (2012), Tom Hooper se ha atrevido con una singular historia; uno de esos episodios extremos que podría enfangarse entre el sensacionalismo y la impostura. El guión ha sido escrito a partir de la novela de David Ebershoff quien a su vez se sirvió de los diarios íntimos de Lili Elba (Einar Wegener) que es recordada por ser una de las primeras personas con cierta proyección pública que se sometió a una operación de cambio de sexo.

De haberlo vivido, Stefan Zweig no lo hubiera dudado. Steven Jobs habría tenido un capítulo propio dentro de su imprescindible relato titulado Momentos estelares de la humanidad. Sin duda la contribución de Jobs a Apple habría alumbrado una espléndida decimoquinta miniatura histórica para el libro de Zweig. Para quien no haya leído la citada obra, digamos que el escritor austríaco trató de reseñar en ella esos hechos decisivos para el avance de la humanidad que ningunea la Historia oficial. Muchas veces por falta de información.

Star Wars, más que una serie de películas, es una devoción con reminiscencias religiosas. Una enfermedad que arrebata el juicio a quien la sufre y le lleva a considerar todo lo que tiene que ver con ella como algo sagrado, supremo, irrefutable. Sus feligreses levantan altares en sus casas, llenan sus hogares con reliquias y celebran exaltaciones, encuentros en los que, al igual que hacen los integrantes de las cofradías católicas, se disfrazan al uso de sus personajes.

De no ser porque la presencia de Richard Gere domina todos y cada uno de los 120 minutos de su metraje, costaría trabajo identificar la nacionalidad de esta película que transcurre en Nueva York. Dirige y escribe Oren Moverman; un semidesconocido con un buen historial. Como director y guionista ha firmado The Messenger (2009) y Rampart (2011). Dos filmes tan interesantes como poco conocidos.

La rudeza de sus fundamentos no admite duda alguna. Krampus no busca ningún lugar de honor en el reino del cine de gafapasta y sobreentendidos. Aquí no hay ensimismamiento que valga. Es cine de barrio, pero no del que se emite en horario familiar sino del que se descubre hurgando por internet o en las estanterías de los últimos videoclubs que todavía no se han arruinado.