David Frankel, un neoyorquino de 57 años ha realizado una carrera más comercial que deslumbrante. El diablo viste de Prada (2008) fue su más conocido éxito. En Belleza oculta le acompañan dos referentes notables para dar sentido a un casting de lujo. A su izquierda hallamos el Dickens de Un cuento de navidad.
ntes de desmenuzar su contenido, acordemos que Paterson representa una declaración de principios. Estamos ante un filme bisagra con el que el director de Dead Man (1995), hace repaso a su propia historia. Y al hacerlo, su conclusión, no exenta de cierta perplejidad, (re)afirma que lo importante no estriba en mirar hacia atrás, sino en saber recomenzar.
A Tom Ford, cuando se acercó al cine, le precedía un aureola de celebridad; era un brillante creativo del mundo de la publicidad y la moda. A Ford, el salvador de Gucci le llamaron, dinero, premios y fama le sobraba. Tanto que cuando debutó como director, Un hombre soltero (2009), adaptación de la novela de Isherwood, levantó mil suspicacias. No obstante, Ford demostró entonces que sí sabía lo que hacía y quería.
Aupado hasta el Olimpo del cine mundial como uno de los directores más importantes del momento, parece arriesgado sostener que, hasta ahora, el canadiense Denis Villeneuve acumula más ambición que méritos. Y sin embargo, aunque no se vea así, hay datos para sostener que Villeneuve siempre aparenta mucho y casi nunca profundiza demasiado. Eso no impide que sus quiebros narrativos, los modelos de referencia y su deseo de impartir magisterio en todo tipo de géneros, le confieran el singular encanto de la afectación.
A Tom Cruise, cuyos 54 años le agrietan la cara, el anterior Jack Reacher le supuso un buen éxito y la confirmación de que en el cine de acción le salen mejor las cosas. Con el mismo personaje y dispuesto a abundar en los recovecos establecidos por el escritor Lee Child en su saga literaria, Cruise regresa al escenario de la primera entrega.
Clint Eastwood lo ha reconocido, nunca se anda con calculadas declaraciones de corrección política, pero aunque no lo hubiera hecho, tras ver la película, se hace evidente que la simpatía del narrador se abraza a favor de su protagonista: Sully. Si en la realidad, Sully pasó por un proceso infernal en el que se cuestionó su decisión y su profesionalidad, Eastwood no tiene duda alguna.
El Doctor Strange apareció dentro de la escudería Marvel en los primeros años 60. Su peculiaridad reside en que sus poderes emanan de las fuerzas místicas, de la magia. Personaje vertebral en la galería de superhéroes marvelianos, su biografía en estos cincuenta años de existencia, ha pasado por diferentes fases aunque nunca fue tan popular como los archiconocidos Iron Man, Spiderman y Capitán América.
En su empeño por reivindicar las habilidades de quienes sufren alguna singularidad que dificulta su interacción social, los guionistas de Hollywood van a conseguir que lamentemos no padecer algún tipo de desorden heredable y heredado. Estos excesos de buenismo hipócrita, alcanzaron un grado de estulticia extrema con Rain Man.
La chica del tren cuando se pone interesante trata de imitar el modelo de Lo que la verdad esconde. Cuando se espesa y se atraganta desemboca en el paradigma de un “estrenos tv”. O sea, en un subproducto de tensión descafeinada y guión imposible. Por si alguien todavía alberga dudas sobre su naturaleza, digamos que en la mayor parte de su metraje la película es obtusa como un ladrillo.


