Convertido en un valor seguro en el mercado del cine de terror, Mike Flanagan (Absentia, 2011; Oculus, 2013; Hush y Ouija: Origin of Evil, 2016) forja un nuevo título fiel a sus antecedentes y presupuestos. Nacido en 1978, en Salem, EE.UU., Mike Flanagan pertenece a una generación que esta reformulando unas nuevas claves para el género del fanta-terror.

La novela que suministra aire a La luz entre los océanos destila la esencia del folletín. Basta con esperar quince minutos para saber que Derek Cianfrance se ha embarcado en esta travesía con un material altamente inflamable. Su guión no pertenece a este tiempo. Si se hubiera filmado hace ochenta años por Griffith nadie le pondría pegas. Si hace cuarenta hubiera encontrado un director como David Lean, todo se habría aceptado.

Es posible que le lluevan los Oscar, pero por mucho que en ella canten, por mucho que se le aplauda, nadie puede negar que carece de la grandeza de los grandes musicales clásicos de los años 30, 40 e incluso 50. Como espectáculo, en su zona media, se aburre a sí mismo. Como melodrama, su argumento resulta banal e incluso frustrante. Además, en el hacer y estar de sus intérpretes, se pasa de frenada.

Decir que Silencio de Martin Scorsese es una mala película, a parte de una grosería a la vista del magisterio de su autor, desemboca en una simpleza gratuita. Diremos de Scorsese, uno de los grandes narradores del cine de los últimos cincuenta años, como decía Pasolini de Leone, cuando no hace películas buenas no son malas, simplemente resultan fallidas. Indudablemente Silencio no está a la altura de los mejores trabajos del autor de Toro salvaje y Taxi Driver, pero eso no impide que en ella, como relámpagos fugaces, destellen de vez en cuando instantes de un cine grande concebido a través de una erudición exhaustiva.

Kate Beckinsale está encadenada a Selene, su rol en Underworld. Por cuarta vez repite el papel de una heroína letal en una guerra entre licántropos y vampiros. Las dos primeras veces, el director era Len Wiseman, su marido. Luego la dirección cambió de manos y se filmó la tercera película de la franquicia y Beckinsale se fue con su compañero. En realidad de ella, de Selene, permanecía la voz y
material de archivo.

Diga lo que diga el Oscar, a Comanchería nadie le puede arrebatar el título de ser una de las grandes obras del año. Su cabecera está presidida por la radiografía precisa y fidedigna del cáncer que carcome a EE.UU. De modo que, en sus intersticios, se percibe un aliento fúnebre que desvela el anuncio del deceso del imperio americano. Comanchería representa la base de un triángulo formado por Winter’s Bone (2010) de Debra Granik y No es país para viejos (2007) de los Coen.

Con la cruz a cuestas de Stanley Kubrick en sus hombros, hay referencias obvias a 2001, una odisea espacial y, en el androide interpretado por Michael Sheen, a El resplandor. Passengers crece sobre un esmerado diseño artístico trenzado por gozosos hallazgos. En ese glosario de hipotéticos avances técnicos de un tiempo futuro, en esa puesta en escena con secuencias espectaculares como la ingravidez en la piscina y la impresionante secuencia de ahogamiento, reside lo más impactante de un filme maniatado por la servidumbre comercial de su alto presupuesto.

Han pasado cuatro décadas desde que el negocio de las máquinas recreativas, con el pinball a la cabeza, utilizase como reclamo la recreación de algunas de las grandes películas de éxito como Indiana Jones o Star Wars. Avanzada la segunda década del siglo XXI, el mundo del vídeojuego mueve más dinero que la industria cinematográfica, tanto que, desde hace años, es el cine quien replica juegos confiando en que ese reclamo ayude a que más espectadores acudan a ver la película.

Ubicado en el vértice temporal entre la primera y la segunda entrega de la trilogía Star Wars, la que va de su reiteración edulcorada al modelo primigenio, Rogue One se presenta como el primer spin-off de la mitificada epopeya de Georges Lucas inspirada por el Akira Kurosawa de la épica samurai. Su producción se ha realizado casi en el mismo tiempo en el que se trabaja el segundo capítulo de la nueva trilogía.

Infiltrado no es un filme pequeño. Ni esconde que pretende medirse con los grandes del thriller. Brad Furman, su director, tuvo un notable comienzo pero, poco a poco, ha ido desfalleciendo. Quizá por eso, al encontrarse con el material de la novela de Robert Mazur, el personaje protagonista de este relato, Furman elevó su apuesta convencido de que tenía ante sí la gran oportunidad de significarse como uno de los grandes del cine actual.