Construida sobre los cimientos de la distopía de Dave Eggers, James Ponsoldt, un cineasta esculpido en Sundance, desactiva con impunidad y sin remordimiento el veneno de su argumento para conseguir que el público no salga de la sala de cine con el ánimo compungido. Tras un aplaudido inicio (Off the Black, 2006; Smashed, 2012; y The End of the Tour,2015, entre otras) la oscura profecía implícita en El círculo, deviene en un relato paniaguado.

La mejor aportación de John Wick: Pacto de sangre consiste en que, gracias a esta segunda entrega, muchas personas recuperarán la primera, un tenebroso y dolorido thriller rubricado con una puesta en escena realmente meritoria. En esta segunda cita, nuevamente protagonizada por Keanu Reeves y ahora dirigida por Chad Stahelski, esta vez en solitario, se rebaja buena parte de la tensión primigenia, de su crepuscular puesta en escena.

A golpe de coreografía musical, homenaje, préstamo y saqueo del cine de Hollywood de los agitados años 30, con un argumento lleno de recovecos y requiebros, con humor y tensión, y con un contenido que parece ju(z)gar a diferentes bandas, El bebé jefazo mezcla tonalidades, ideas y referencias que rechinan entre sí, que se repelen e incluso que se anulan, pero que en manos de Tom McGrath consiguen aparentar una solidez insólita ante la disparidad de sus ingredientes constitutivos.

Si comparamos las adaptaciones que Welles, Polanski, Kurzel o incluso Kurosawa hicieron de Macbeth, veremos que, con ser todas ellas sensiblemente diferentes, todas supieron reflejar el universo de cada director al tiempo que respetaron la partitura original de la que bebía su relato. Dicho de otra manera: ¿Podría pretender un Hamlet que culminase su relato en boda con Ofelia tras descubrir que la muerte de su padre fue accidental, que es un auténtico Hamlet por más que recree la escena de la calavera?

De nombre hispano, origen chileno y nacionalidad sueca, Daniel Espinosa luce una trayectoria solvente, correcta, profesional. Su cine no provoca estremecimientos ni algarabías, ni ha merecido -todavía- grandes reconocimientos. No obstante su diestra eficacia lo avala como un director competente. Y esa rigurosa adecuación a lo que le exige el material de partida es lo que demuestra Life, una extraña y oscura película que, con un argumento que provoca un déjà vu, configura un relato intenso, claustrofóbico, distópico y amenazador.

El estreno de La bella y la bestia se produce en medio de datos incontestables sobre la buena estrella de Disney. Sostenido por dos columnas ajenas, Pixar y Marvel, el estudio más inequívocamente yanqui de todos, convierte en dólares todo lo que toca. Pero no solo es la ayuda exterior la que mantiene al alza las acciones de Disney, también su historia anterior viene a sumarse a esa felicidad de hambre insaciable, de éxito ininterrumpido a fuerza, eso sí, de esforzarse por cumplir el primer fundamento del fundador: los adultos solo son niños que han crecido.

Nacido en Oak, Tennessee, hace 53 años, Gore Verbinski y su filmografía, desconciertan. Empezar dirigiendo un filme titulado Un ratoncito duro de roer (1997) y no desaparecer en el intento, solo significa que posee una piel de roca y una adaptación de camaleón. ¿Valen estas dos cualidades para considerar que en su cine hay señales de autoría? Veámoslo.

John Krasinski, actor y director de Los Hollar, debutó hace ahora nueve años con un filme de aires modernos y título llamativo, Brief Interviews with Hideous Men (2008). Escrito y dirigido por él mismo, aquello -inédito entre nosotros- evidenció que este actor nacido en Massachusetts hace 38 años y reconocido mundialmente por encarnar a Jim Halpert en la serie de la NBC, The Office, no estaba dispuesto a conformarse solo con la interpretación.