Con más merengue que una “carolina” bilbaína, Marc Webb (500 días juntos, The Amazing-Spiderman) resuelve con extraordinaria pulcritud y eficiencia un filme amable, un cuento de hadas contemporáneo, una obra modélica nacida para triunfar en la sesión televisiva de una tarde dominical.

Hace casi un año, al escribir la crónica de su (pre)estreno en el Zinemaldi recordaba lo que sigue viniendo a cuento para entender qué es Colossal. Rememoraba entonces alguna cosa que conviene tener presente para poder acercarse mejor a lo que Nacho Vigalondo representa.

En el último segundo, como ocurre con otras muchas películas edificadas sobre cimientos “basados en hechos reales”, Aisling Walsh cede a una tentación fatal. Muestra unos relámpagos de la verdadera Maudie, la que inspiró este filme al que Sally Hawkins le confía sus mejores talentos, sin conseguir jamás eludir el lastre de la impostura.

Si aborrecen las películas de superhéroes; si no aprecian ninguna diferencia sustancial entre el Batman de Tim Burton con respecto al de Christopher Nolan; si se considera como ganga tanto el Iron Man de Jon Favreau como el Daredevil protagonizado por Ben Affleck, nada tienen que hacer viendo esta película.

Aunque al comienzo de este testimonio fílmico, en una entrevista grabada en 1991, Chavela Vargas diga que lo importante es el futuro, que el pasado poco o nada importa, las documentalistas Catherine Gund y Daresha Kyi no hacen sino bucear en el origen de la incontrolable Vargas para construir su historia.

A esta nueva versión de La Momia le encaja bien el “utrimque roditur” del Príncipe de Viana. Es decir, le caen palos a discreción. No hay crítica -salvo excepciones contadas- que no la corroa. Los nostálgicos del cine clásico porque para ellos, el cine acabó con la jubilación de Billy Wilder.

En Wilson concurren demasiadas excentricidades para ser definida como una comedia típica. Parafraseando a Borges cuando escribía que el sueño es el género; la pesadilla, la especie, cabría decir que Wilson es una comedia raruna, pero de la especie del puro delirio que muerde y destroza lo real.

Antes de hacerse cine, Piratas del Caribe era una atracción de feria que vivía en los parques de Disneylandia. Aunque su ADN se había fabricado a partir de las películas del Hollywood de los años 40, a diferencia de otras barracas escópicas ideadas para una jornada familiar y germinadas por personajes y/o películas del universo Disney, Piratas carecía de paternidad.

Como Sospechosos habituales, El caso Sloane posee una estructura ósea robusta, ajustada al milímetro, afilada con precisión. O sea, su guión, ahí donde nacen las películas, se muestra satisfecho y seguro de su pegada. Sabe que crece sobre un artificio, pero se siente legitimado porque hay ritmo, fuerza y una calculada ambigüedad que provoca desconcierto en el público.

A comienzos de los 80 nacieron dos proyectos ambiciosos. Fue un duelo de colosos. Ridley Scott venía de dirigir Alien, se había convertido en un autor de referencia. David Lynch, tras un debut inenarrable, Cabeza borradora, se había ajustado a las órdenes de Laurentis y supo demostrar que podía trabajar en el cine comercial desde la emoción y el rigor: El hombre elefante.