Cualquier analista avezado con vocación de botánico podría habernos advertido que injertar el compromiso político de George Clooney en el universo narrativo de los hermanos Coen daría lugar a Suburbicon.
A priori, tras haber digerido en los últimos años las incursiones de Guy Ritchie con un Sherlock Holmes protagonizado por Robert Downey Jr y con Jude Law como el doctor Watson, una anfetamínica adaptación que pone al célebre detective en un estado febril contenido por el opio y la adrenalina, cabía pensar que podría ser esa la dirección que tomaría Branagh.
A esta Liga de la Justicia se le ha roto el encanto. En su deseo de ir cada vez más lejos, en su apuesta circense por superar lo insuperable, se ha quedado sin aliento. Si la anterior entrega terminó con la muerte de Superman, lo que dada la obviedad de su simbolismo, era la muerte de Cristo, la actual entrega no tenía otro remedio que enfrentarse al día de después, o sea el día del apocalipsis.
La comedia romántica, aunque se tiña de melodrama y sepa del dolor, gusta pilotar naves ligeras en cuyo interior abundan diálogos rápidos y situaciones cotidianas; puro costumbrismo en el que se refleja de un modo u otro quien lo mira. Más exactamente, ve comportamientos y situaciones que reconocen en ellos mismos o/y en quienes les rodean.
Se cumplen diez años exactos de la aparición de Frontier(s), primer largometraje de Xavier Gens y obra que le encumbró de manera inmediata. Nacido en Dunquerque en 1975, Gens entraba en el pabellón de directores franceses llamado a alumbrar una época de oro en un género, el del terror, poco atendido y peor comprendido en una cinematografía devota del cine de autor y/o de la comedia popular.
Ahora se le recuerda por cosas como El fantasma de la ópera, pero Joel Schumacher (1939) es un director muy particular. Aprendió bajo la tutela de cineastas como Woody Allen; durante los años 80 y 90 dirigió unas cuantas películas de temática juvenil y ecos simbólicos y, finalmente, cogió el testigo del Batman que alumbró Tim Burton y al que él ni supo ni pudo mejorar.
Con apenas 26 años y con su primera película, Sexo, mentiras y cintas de vídeo (1989), Steven Soderbergh ganó la Palma de Oro de Cannes. Saludado como un nuevo genio, designado como el heredero de Orson Welles -los cronistas cinematográficos no andan sobrados de imaginación-, el joven Soderbergh llegó a creer en los augurios.




