A Jaume Collet-Serra, director nacido en San Acisclo de Vallalta, Cataluña, se le ignora en cuanto director español. Por razones no justificadas, sus películas pasan desapercibidas en los reconocimientos oficiales. Los Goya le ningunean y casi nadie lo cita a la hora de establecer el ranking de los cineastas más relevantes de la actualidad.
Los archivos del Pentágono transcurre entre dos batallas. En una, Spielberg muestra a un numeroso grupo de soldados norteamericanos pintando sus caras, camuflándose para ir al combate. Parecen actores maquillándose antes de entrar en el escenario, pero pronto sabremos que son carne de cañón, el peaje de sangre que tributa el gobierno yanqui para evitar reconocer su humillación.
En Japón, en la ciudad de Nikko, miles de visitantes acuden cada año a visitar el Templo de Toshogu famoso porque en él hay tallados tres monos: Mizaru (“No veo”), Kikazaru (“No oigo”), e Iwazaru (“No Hablo”). En Ebbing, Missouri, ciudad donde transcurre el filme Tres anuncios en las afueras, una madre coraje, harta del silencio y la incompetencia policial paga de su bolsillo tres anuncios para reclamar que la justicia vea, oiga y se pronuncie.
Todd Haynes, en cuanto cineasta, pertenece al selecto y reducido grupo de quienes saben vivir en su tiempo sin pagar el peaje de los signos de la contemporaneidad. Sus películas se suceden fieles a su propio estilo; un estilo revestido de la gravedad de lo que se sabe atemporal. Aspira a convocar la moderna pertinencia de lo clásico, de lo magistral.
En todo cuanto se ha escrito sobre Una vida a lo grande, hay acuerdo absoluto. Alexander Payne, probablemente uno de esos buenos directores que practica cine adulto en el jardín de la infancia en el que se ha convertido el cine comercial estadounidense, ha partido de una idea genial para un filme inclasificable.
Las últimas declaraciones de Woody Allen a propósito del estreno de Wonder Wheel han podido sonar parecidas a las que, de manera rutinaria, realiza con cada nuevo estreno. Sin embargo, quienes conocen bien a Allen, y tras más de medio siglo de hacer películas sin parar, ya han reunido muchos elementos de comparación y juicio, y saben que hay en sus palabras de ahora un mayor desapego, una distancia crepuscular, desinteresada, incluso aburrida, que no deja de ser sino el reconocimiento sutil de que esta película le ha servido para poco.





