Paolo Virzì, nacido en Livorno, asume el regalo de poder dirigir en EE.UU. Y lo hace, con un filme cien por cien USA, nada hay en él italiano. Su forma narrativa es la de una road movie; una road movie crepuscular, porque sus viajeros cargan con la maldición de la muerte. A ella, un cáncer de colon la corroe con dolor; a él, una suerte de Alzheimer lo disuelve poco a poco. Viajan juntos como Thelma y Louise en un periplo que se sabe terminal, que se adivina trágico.
Sobre la lona blanca de un ring, un pequeño charco de sangre establece el punto de fuga. Él es el comienzo de la clausura del periplo de Tonya, la “poligonera” del patinaje artístico. Consciente de que extraer la verdad de una historia en la que sus protagonistas siguen vivos y mantienen feroz disputa por “lo que pasó”, Gillespie construye la película como un cruce de géneros. Un híbrido que sorprende, incomoda e incluso indigesta.
En muchas de las empresas que Ridley Scott organiza, más allá de géneros, épocas y calidades, se suele dar una constante. Debajo de lo visible, tras la puesta en escena, Scott parece obsesionarse con el tema de la paternidad y el enigma del origen. El conflicto entre el hijo de sangre y el discípulo precoz, sobrevuela en sus más aplaudidas películas.
Hay un vocablo (el idioma inglés nunca cesa de engendrar nuevas palabras), para designar la naturaleza de filmes como este. A las películas con su ADN, se les conoce como “mumblecore”. Con ese término se designa a una serie de cineastas y obras del llamado cine indie más periférico; el que se sitúa en los arrabales de la producción de low cost y la extrema libertad.
La obra testamentaria con la que se pone punto final a una trayectoria no es necesariamente la última en hacerse. Por ejemplo, el adiós conclusivo y absoluto de Akira Kurosawa no hay que buscarlo en Rapsodia de agosto (1991) o en Madadayo (1992), por más que ambas jueguen con la idea de la despedida y la muerte, sino en Sueños (1990) y en Ran (1985), obras que hablan de la vida y su ajuste de cuentas.
Su anterior película, Tangerine, se rodó con tres iPhone 5, porque el presupuesto no daba para más. Empezó en la nochebuena de 2013 y acabó 24 días después. Era su quinta película y Sean Baker se comportaba como si acabase de debutar. Ahora, con el entusiasmo que ha provocado The Florida Project, este británico-estadounidense permanece inalterable e inalterado.





