La decisión final, la mano que pulsa el botón rojo que abre las puertas al infierno del porvenir, la asume alguien no alumbrado por mujer alguna. Bandear campanas que remiten a Shakespeare al hablar de esta película puede parecer excesivo.
Por si quedaba alguna sombra de duda, antes de que comience la película, se nos indica con total claridad cuál es su fundamento. Esa razón de ser se (re)afirma en los títulos de crédito. En ellos leemos con poliédrico sentido: “Harry Dean Stanton is Lucky”. O sea, Harry Dean Stanton es el (feliz) protagonista único y omnipresente de este filme que habla de la decadencia y del vacío; una película centrada en la sala de espera de la muerte.
Quienes supieron de Nightcrawler (2014), entendieron que detrás había un narrador especial. Un director capaz de adentrarse en el lado oscuro y hacerlo con coraza de hielo: Daniel Christopher Gilroy. Dan Gilroy, como es conocido, pertenece a una familia criada en el mundo del cine, el teatro y el espectáculo.
Vengadores: Infinity War empieza en el infierno para recorrer todas las estancias del horror y la muerte. Lo que viene a continuación son más de 150 minutos de acción y reacción. Trifulcas interminables salpicadas con micro-diálogos al alcance de los iniciados. ¿Es posible disfrutar plenamente -hay poco que entender-, un filme como éste sin tener conocimiento de los 18 antecedentes que le preceden? Supongo que no.
El formalismo de Isla de perros, su equilibrada belleza de geometría y orden, la impecable y contagiosa banda sonora, las simetrías de ácido y miel y las innumerables citas cinéfilas, contribuyen a cegar la mirada de quien observa lo que acontece en esta distopía canina. Incluso la ya imparable aureola de Wes Anderson y sus obras precedentes no hacen sino incrementar la distorsión ante lo que realmente acontece en el interior de este atípico e inclasificable filme.
“Un lugar tranquilo” re/clama la paz de los cementerios, la inmovilidad de las ruinas y el silencio de los muertos. Esta esmerada y meritoria incursión en el género del terror posee muchas virtudes y una penosa servidumbre. Sin esta última estaríamos hablando de un filme de culto, de una obra importante. Podría haber sobrevolado hasta el territorio de Stalker de Tarkovski.
Hablar del comienzo de los años 70, conlleva convocar el olor a podrido de Vietnam, evocar el tiempo del terrorismo internacional y la crisis del petróleo y, por supuesto, enfrentarse al final de un tiempo que tuvo su epitafio en mayo del 68. Casi ese mismo tiempo, cincuenta años, ha pasado desde que comenzara la era Spielberg.




