En un momento del filme, en una secuencia meramente episódica, Spike Lee parece hacer un guiño al Jim Jarmusch de los años 80. Se trata de una broma fonética a la que tan aficionado ha sido siempre el autor de “Mistery Train”.
Saludada como una película que vuela directa hacia el Oscar, construida sobre un argumento que siempre funciona -tanto en las versiones oficiales como en las que en algún modo la han imitado-, “Ha nacido una estrella”, versión Bradley Cooper, genera un interesante material para el debate y la paradoja.
Hace cuatro años, Paul Schrader, leyenda viviente del arte cinematográfico, vivió su Waterloo particular cuando su filme “Caza al terrorista” sufrió un calvario. Los productores lo deshicieron para remontarlo a su antojo. Se cambió la banda sonora, se distorsionó el guión original, se modificó el sentido y Schrader, ya bastante castigado a lo largo de su vida por estas miserias del poder económico, sintió que el crédito se le había terminado.
Un paso a dos con testigo al fondo. Un pulso entre dos mujeres con la figura de un escritor-objeto como sujeto pasivo de deseo. Ambas tienen hijos. Ambas arrastran un pasado negro en un duelo que parece desigual, pero del que no queda claro, hasta el último segundo, quién es la víctima y quien moverá el hacha del verdugo.
Un visita al museo de Ciencias de Londres, modelo al que imitan casi todos los demás museos de la misma naturaleza, evidencia que el jurásico reina, que la fascinación por el origen de la humanidad hechiza a grandes y chicos y que el negocio de recrear y fabular con la prehistoria es un gran negocio.






