Nadie como la maquinaria social estadounidense para reconocer sus propias culpas históricas, sus grandes desfalcos y sus peores crímenes. Y nada como el cine norteamericano para mostrarlas y hacer caja con ello.
La prosa de Nick Hornby lleva seduciendo al mundo del cine desde hace mucho tiempo. En este caso, “Juliet, desnuda”, en cuanto libro, cumple ahora diez años pero su contenido permanece vigente, esa mezcla de romanticismo contemporáneo de suaves perfiles pero roles y contextos reconocibles en el aquí y ahora, le imprimen unas virtudes en tiempo de cine hiperbólico de estruendo y furia.
“Lo que esconde Silver Lake” no será para cada persona que vea este filme lo mismo. Ese tono sombrío que le caracteriza, ese argumento laberíntico, mezcla de lo onírico con lo inquietante y perverso, potencia una calculada ambigüedad. Pero lo que esconde su realizador, David Robert Mitchell, está claro.
En su doble condición de spin-off y precuela, en ese exprimir lo inexprimible en el que anda ocupada la industria cinematográfica norteamericana, le cabe a “Bumblebee”el mérito de ser un producto solvente, una película divertida, un constructo capaz de dar un rostro desenfadado y ágil a un universo sobre el que los espectadores de más de 40 años no tienen, en su mayor parte, ningún interés y ninguna idea.
Con “Viudas”, el luto se impone por el descalabro anunciado de Steve McQueen, un artista fugaz que, como los recuerdos del Roy Batty de Blade Runner, se disuelve como lágrimas en la lluvia. Se ha bromeado mucho sobre la cruz que Steve McQueen, un londinense de origen africano, tuvo que soportar al ser bautizado con el nombre de la inolvidable estrella nacida en Indiana en 1930.
Dura 141 minutos pero no pesan. Su reloj camina deprisa, con sorpresas imprevistas, sin dejar aliento. De hecho, cuando llega el desenlace surge un lamento; se quisiera saber algo más de todo ese estruendo de fondo que, a lo largo de esas dos horas, Goddard organiza en un espacio y tiempo fronterizos.





