En el comienzo fue “Toy Story”. Y “Toy Story” surgió como la pieza angular sobre la que nació y creció el fenómeno Pixar. Desde ese mismo momento, 19 de noviembre de 1995, los Pixar Animation Studios se han revelado como la marca de referencia del mundo de la animación. Pixar salvó a Disney. De hecho, Disney es (de) Pixar. De derecho, lo que fue Walt Disney para las décadas de los 40 a los 70, lo está siendo John Lasseter, desde hace ya 25 años, para el mundo del siglo XXI.
Cada cierto tiempo surgen testimonios generacionales que pasan revista a ese punto de (des)equilibrio provocado por la pubertad. Hace unos años se les denominaba relatos iniciáticos por cuanto representaban, en clave de aventura dramática, un proceso de madurez cobrado en forma de cicatrices y pérdidas.
Un error común desdeña el denominado cine mainstream por epidérmico y banal. Pretende que, por comercial y arquetípico, nada hay en él que merezca la pena. La experiencia demuestra que es en estas películas, aparentemente simples y evidentemente torpes, donde mejor se escriben las obsesiones que nos acechan.
“Hellboy” tuvo un padre al que le debe su ADN primigenio: el ilustrador y escritor de cómic californiano, Mike Mignola (Berkely, 1960). Pero en su traspaso al cine, “Hellboy” se encontró con un padrino que no se conformó con ilustrar lo que había nacido para las páginas impresas, sino que le confirió ecos de su propia existencia.
Diez años y más de veinte largometrajes después, la máquina de alta precisión e infinitas ganancias de la Marvel desemboca en su sublimación, en la apoteosis, en la madre de todas las batallas y el cambio de paradigma.
Como subraya su título, “Endgame”, estamos ante un final de ciclo, una clausura de era cuyos detalles deben ser silenciados con precaución porque, en los últimos tiempos, se ha desatado una infantil obsesión enfermiza contra los llamados spoilers.
Si se desmenuzan los créditos del filme, le será dada a la persona curiosa y paciente entresacar un detalle relevante con el que se ilumina lo que “Gloria Bell” pretende y ha pretendido. Hablamos de la presencia en la producción de Pablo Larraín. El director chileno de Tony Manero (2008); Post Mortem (2010); No (2012); El Club (2015); Neruda (2016) y Jackie (2016) ha construido una filmografía nada convencional, atravesada por cierta angustia y con un posicionamiento distante que condena al público al extrañamiento.
“La profesora de parvulario” tiene un precedente israelí. Estamos ante un remake habitual en el cine americano que compra derechos de películas extranjeras para revenderlas tras una operación de lifting siempre de valor discutible. De “Abre tus ojos” de Amenábar, convertida en “Vanilla sky”, a “Déjame entrar”, por citar dos ejemplos, hay decenas de remakes a los que, para eso tienen el poder, la industria de Hollywood se encarga de borrar el modelo de partida para que se imponga su propio discurso.
El principal escollo que ancla la voluntad de vuelo de “Identidad borrada” merece ser respetado. Reconstruida con los mimbres de un hecho real -al final veremos las imágenes de los verdaderos protagonistas-, la capacidad de fabulación de este filme escrito y dirigido por Joel Edgerton, tiene las manos atadas. Por si fuera poco, la repercusión del tema, no se presta a excesos ni distorsiones.



