Al finalizar la proyección de “Maléfica”, en la abarrotada sesión de la tarde de un sábado en la que participé muy a mi pesar, un niño de unos 8 años, en medio de un murmullo de aprobación ante la conclusión de este cuento de madrastras y príncipes, gritó: “Viva el amor”. La proclama fue aprobada con sonrisas y algún aplauso. Había unanimidad. Estaban casi todos de acuerdo. Y aunque es evidente que, con esa edad, el amor pertenece más al reino de lo metafísico que de lo físico, la chavalería daba muestras de haberlo pasado bien.
Cada vez que se estrena un nuevo filme de Woody Allen hay que referir una cuestión decisiva para comprender los mecanismos de su trabajo. En la década de los 80, en plena madurez personal, con el descalabro del tiempo de cerezas que vivió junto a Diane Keaton, actriz con la que siempre ha mantenido una relación amistosa, Allen intentó emular el cine de sus dos mayores referentes: Federico Fellini e Ingmar Bergman.
Un plano obsesivo y largo recoge la conversación entre dos personajes que evidencian una relación paterno-filial. El adulto desgrana un cuento de noche, un relato para dormir ante la incesante réplica de su joven interlocutor. La fábula que narra habla de un tiempo de apocalipsis, un lamento distópico que recoge cómo la humanidad encaró la hora oscura de su exterminio.
Sostenida por el vaciamiento superlativo de Joaquin Phoenix, el actor digiere el libro de estilo del De Niro de “Taxi Driver” y “Toro salvaje”; “Joker” ya es leyenda. Posee el carisma de las obras de culto. Su director y coguionista, Todd Phillips, se ha movido como quien sabe que ha compuesto la partitura de su vida. Todo roza la excelencia. Todo rezuma solvencia. Le sobra calidad y regala a diestro y siniestro inquietantes paradojas.
Mes tras mes, durante casi un año, “Ghostland” se ha visto empujada fuera de las previsiones de los estrenos. Anunciada para ser presentada hace tiempo, ese continuo desplazamiento arroja luces sobre la falta de sensibilidad y los prejuicios que acompañan siempre a las obras que se adentran en el terreno del horror.
Pese a que no le faltaba razón a Hitchcock sobre lo complicado que resulta trabajar con niños, la segunda parte de “It”, la que narra el tiempo de la adultez de sus protagonistas, resulta menos interesante que la primera. Aclaremos el tema para quien no lo conozca. “It” fue presentada por su autor, el especialista en “best seller” de terror, Stephen King, en 1986. Su primera edición en castellano, aparecida un año después, ocupaba más de 1.500 páginas que fueron devoradas por miles de entusiastas atrapados en ese mezcla de cuento iniciático de amistad juvenil y relato gótico con payaso que horripila.
Ursula Macfatlane, guionista y directora de este documental, no se sale del pentagrama clásico del género. Lo suyo sabe del academicismo de los años 60 cuando se trataba de documentar un tema de culpabilidad y denuncia. Como en un proceso judicial, la documentalista sigue un orden cronológico y lineal por el que, testimonio a testimonio, acusación a acusación, el reo acabará conducido a su derrota. El reo se llama Harvey Weinstein y fue, al menos, el 50% de Miramax.
La naturaleza de Tarantino lo acota como un freakie enciclopédico. Todo en él resulta torrencial, barroco, acumulativo. Es una redundancia redundante. Pero en su novena película, “Érase una vez en… Hollywood”, homenaje en su título a Leone aunque en el filme se habla del otro Sergio, Corbucci, algo ha cambiado en Tarantino. Por vez primera Tarantino se autorreferencia a sí mismo.
En apenas tres secuencias, cuando ni siquiera el filme ha penetrado en lo que será su verdadero leit motiv, Ari Aster (Nueva York, 1986) ratifica lo que “Hereditary” anunció: estamos ante un cineasta de raza. En ese tiempo de apertura, un prólogo que sirve para mostrar el desgarro por el que su protagonista, Florence “Lady Macbeth” Pugh, se desangra; Ari Aster da una lección de sabiduría compositiva.
Con las dos secuencias iniciales, Philippe Lesage ya establece la estructura de su filme iniciático. En apenas cuatro minutos de “Génesis”, se nos hace saber que la cosa va del descubrimiento del amor y sus miserias, del sexo y sus misterios y de la identidad y sus sofocos. En apenas unos minutos suenan dos canciones, una se baila y se corea por los propios protagonistas, una cantinela que exalta el beber y cosifica a la esposa; la otra, sonido no diegético, envuelve en sentimiento una herida abierta por falta de sensibilidad.

