En “La bruja”, primer largometraje de Robert Eggers, el nuevo “enfant terrible” del cine americano cometía, en el momento del desenlace, el mismo error en el que incurría el Lars von Trier de “Rompiendo las olas”.
De la capacidad como directora de Greta Gerwig, actriz estadounidense de ascendencia alemana, tuvimos noticia cuando hace dos años presentó “Lady Bird”, un “mumblecore”, un retrato juvenil, que tenía en Saoirse Ronan a esa intérprete en estado de gracia capaz de sublimar el papel que se le ha otorgado.
Las crónicas periodísticas publicadas en los primeros momentos decían que esta adaptación cinematográfica de “Cats” era “cat/astrófica”, y decía bien. Esta era una de esas decenas de juegos retóricos con los que se ha buscado provocar la hilaridad para recompensar a quienes han sufrido las consecuencias de haberla visto.
En los últimos avatares de este filme de trilogía de trilogías, dos mujeres, en medio de una multitud, se besan fugazmente. Es un plano apenas subrayado, pero del que la mayor parte del público toma nota porque ha sido compuesto para eso, para ser (a)notado dentro de la corriente artificial de corrección política que nos acorrala.
En 1995, cuando Joe Johnston, con la complicidad de Robin Williams, presentaba con enorme éxito el primer “Jumanji”, sabía que partía de un buen relato y que tenía a su servicio a un excelente plantel, con el citado Williams a la cabeza. La semilla original había que buscarla algunos años antes, en 1981, cuando Chris Van Allsburg presentó un pequeño relato infantil con el que ganó uno de los más prestigiosos premios de novela ilustrada.
Hace ya casi veinte años, Rian Johnson se abrió paso en el circuito indie como una gran promesa gracias a un filme algo contrahecho y evidentemente resabiado titulado “Brick”. Aquel «ladrillo» nacía del injerto estrafalario entre el universo negro y desesperanzado de Dashiell Hammett con el desenfado juvenil del Richard Doner de “Los Goonies”.
A Stephen King no le gustó nunca lo que Stanley Kubrick hizo con “El resplandor”(1977). Para el escritor, el cineasta era de hielo y su adaptación carecía de alma. Lo cierto es que Kubrick se apropió de la novela y borró el ADN de su progenitor. Abordó su filme, fiel a su gélida geometría. Elevó el cine de terror a la categoría de cine de culto. Algo insólito para un público que hace ascos a la fantasía.




