James Ward Byrkit, antes de adentrarse en este filme en torno a la paradójica situación que surge el hablar de universos paralelos, había trabajado en películas como Piratas del Caribe y Rango. ¿Cómo se pasa de esa exaltación de un mundo de filibusteros y princesas o del reciclaje en dibujos animados del western posmoderno, a una película que se adentra en las arenas movedizas de la física cuántica? Difícil pregunta que James Ward contesta sin despeinarse.

Este es un filme ortodoxo, cronológicamente ordenado y sin duda previsible que responde de manera casi refleja a la reciente muerte de Paco de Lucía. Pero siendo tan cabal y contenido en su hacer, esta búsqueda por las huellas de Paco de Lucía labra un semblante hondo, vital y clarificador e incluso extraordinariamente sincero. Especialmente porque estas aproximaciones biográficas se encuentran maniatadas por la cercanía y la conveniencia.

Como Michel Haneke, los hermanos Dardenne, Jean Pierre y Luc, llegaron al mundo del largometraje de ficción cuando ya habían superado la edad que vivió Cristo. Nacidos en la primera mitad de la década de los 50, los Dardenne debutaron en 1987 con Falsch, un filme que pasó desapercibido. Tuvieron que esperar a 1996, y fue entonces cuando su tercer largometraje, La promesa, cautivó al jurado de la Seminci vallisoletana.

Como cine de aventuras, Lasa y Zabala se (pre)siente antiguo y previsible. Aunque la catadura moral e intelectual de quienes ocasionaron su muerte fue esperpéntica, su plasmación en el filme, rechina. No por falsa sino porque simplifica y ridiculiza un tema oscuro, enmaraña aún más un laberinto por desentrañar.

A las pocas horas de ser estrenada, Magical girl ya se sabía en la galería de las películas singulares del cine español. Ese extraño Olimpo hecho de títulos malditos y películas bizarras. Para ello y en su caso, con su segundo largometraje, Carlos Vermut acude a una fuente de intenso sabor a sake y wasabi. Una cultura a la que se acerca Vermut lejos de la mirada excitada y epidérmica de Isabel Coixet o Sofia Coppola.

Convertida en un éxito de taquilla sin precedentes en su país de origen, Argentina, la devoción que el público le ha dedicado, las pasiones que levanta, sólo serían comparables al fenómeno que aquí desató Ocho apellidos vascos. En ambos casos se impone una evidencia: hay una irreprimible necesidad de reir. Tenemos hambre de carcajadas.

Escoger a un actor como Ben Affleck para cargarle con el peso de un relato como el de Perdida nos retrotrae a la estrategia seguida por Kubrick para su última película; Eyes Wide Shut. Affleck, como Cruise, provoca en la platea una profunda desconfianza. A ambos les pasa como a algunos jugadores de fútbol, juegan más de lo que se les reconoce y son mejores de lo que se les trata.

Así como no debe confundirse el cine indie con el cine de low cost, tampoco debe equipararse como cine de autor a todo texto fílmico en el que se hace posible reconocer a su creador. Viene esto a cuento de directores como Antoine Fuqua, un realizador del que siempre se acaba por evocar un título, Training Day (2001), y ante quien conviene pasar de puntillas por el resto de una decena de olvidables títulos.

Sueño de invierno podría ser interpretado como la cara gélida y crepuscular del Sueño de (una noche de) verano. Entre otras cosas porque Shakespeare aparece invocado en numerosas ocasiones a la largo de esta película de más de tres horas de duración que pasan sin pesar, sólidamente ligeras.

Lo más suave que se puede decir de Torrente 5, es que su mejor aportación consiste en desactivar el dicho de que no hay quinto malo. De origen taurino, mundo que Torrente admira, la frase, sujeta a diferentes interpretaciones sobre su origen, converge en una idea unívoca: la quinta entrega de algo garantiza que estamos ante un algo que merece la pena.