Cuando el último destello, el plano de clausura, nos permite observar entreveladamente a un viejo Moisés camino de un destino que nunca verá, Ridley Scott detiene el relato para, sobre un fondo negro, señalar que la película está dedicada a su hermano Tony. Como se recuerda, el también cineasta y hermano menor de Ridley, Tony Scott, cometió suicidio el 19 de agosto de 2012 al saltar al vacío desde el puente Vincent Thomas de San Pedro, California.

Lisandro Alonso, uno de esos cineastas que se mueven ajeno al movimiento del mundo, evidencia en Jauja un pequeño cambio estilístico y una reafirmación autoral. El cambio proviene de la aparente f(r)actura “estelar” de quien es su principal protagonista al tiempo que coproductor, Viggo Mortensen.

La médula vertebral que coordina la constitución sensorial de lo que St Vincent encierra parece haberse inspirado en el Frank Capra más emotivo, más emocional; el que tenía fe en el cine y en el ser humano. A ella pertenece su discurso de despedida, el que desvela en qué consiste la santidad de Vincent/Murray.

Trash hace honor a su título. Es lo que dice ser. Pero eso no le va a restar la admiración de su público, ese público encantado de ser masajeado pese a ¿saber? que un espectáculo como éste corroe el sentido común por tramposo. El objetivo de Stephen Daldry, un director teatral que se inició en el cine con Billy Elliot (2000) y cuyo edulcorado éxito malogró toda posibilidad de hacer de él un buen director, aspira el brillo de Slumdog Millionaire con la coartada y en el campo de batalla de Ciudad de Dios.

Divertimento para sortear la monotonía de las noches de invierno para unos; llave de entrada a lo desconocido para otros, la Ouija, un abecedario ilustrado sobre el que supuestas fuerzas ocultas deletrean mensajes que son recibidos por sus practicantes como revelaciones del más allá, ya tiene su película.

Laverty y Loach, en su acercamiento a la biografía de Jimmy Gralton, descubrieron que entre este comunista irlandés, un esforzado practicante de la enseñanza laica, la libertad y el marxismo, y Charlie Chaplin había un paradójico entrelazado. A Chaplin, las autoridades norteamericanas, las mismas que bailaban el agua a Hitler mientras Chaplin filmaba El gran dictador, le prohibieron regresar a EE.UU. privándole de esa libertad de la que alardea un poder político demasiado acostumbrado a abusar de su poder.

La India ejerce una fascinación de peso monumental ante la que han cedido para su desesperación muchos cineastas. Solo los más grandes pudieron salir fortalecidos de ese contacto con un país atravesado por contrastes de baja miseria y alta belleza. Renoir, por ejemplo, filmó una maravilla titulada El río (The river, 1951) y su experiencia resultó determinante para todos los que le sucedieron.