La enfermedad de Iñárritu probablemente ya no tiene remedio. Se llama vanidad y al autor de Amores perros ese cáncer le ha oxidado hasta la médula ósea. Birdman parece una gran película pero apenas acierta a balbucear un grito de impotencia, la de su director que constantemente se retrata con ella y en ella. Posee un sofisticado guión, una partitura de lujo montada sobre dos rieles.
Ver a Nicole Kidman como réplica psicotrónica de Cruella De Vil, no es la única razón que esgrime como reclamo este filme sobre un oso parlanchín. Paul King, director y coguionista, con el argumento que creó Michael Bond en 1958, en torno a un oso del Perú profundo -(re)bautizado en Londres como Paddington-, se reinventa casi todo.
La prosa cinematográfica de Andrey Zvyagintsev es limpia, austera, precisa. Pura orfebrería emocional hecha de rigor y dolor. Con ella se balancea la herida siempre abierta de eso que se ha dado en llamar el alma rusa. Algo difícil de perfilar porque se trata de un concepto complicado de definir. Algo que, cuando emerge en una obra artística, da igual que sea literaria, audiovisual, teatral o plástica, impone la evidencia de una naturaleza incuestionable.
Evitaré la innecesaria referencia a la dimensión de actriz-estrella de la mujer responsable de este filme, Angelina Jolie. No viene a cuento. Construida a partir del relato de un personaje que evitó echarse a perder en su juventud gracias al atletismo, protagonista de una proeza en los juegos olímpicos de la Alemania nazi y superviviente de un infierno en la segunda guerra mundial, Invencible ofrece una especie de tres en uno.
Hubo un tiempo en el que la presencia de Tim Burton al frente de un proyecto era garantía de heterodoxia, de riesgo, de originalidad. Eran años de inventiva y mordacidad. Daba igual el género que la historia, Burton se las ingeniaba siempre para imprimir un sello singular y reconocible. En sus manos, un cuento tradicional como Sleepy Hollow; una apropiación más o menos impostada de un icono como el monstruo de Frankenstein, Eduardo Manostijeras; o un biopic maquillado como un ensayo sobre la genialidad y/o la locura, Ed Wood, daban lugar a filmes inolvidables, rebosantes de ideas propias, vibrantes y arrebatados.
Resulta resbaladizo y difícil imaginar qué lugar ocupará dentro de unos años en el panorama de nuestro cine un director como Álex de la Iglesia, cuya obra, al menos la realizada hasta ahora, parece moverse feliz en una montaña rusa capaz de convocar algunas de las mejores secuencias nunca filmadas por directores de nuestro entorno, junto a decepcionantes (re)soluciones rotas por urgencias inexplicables o malogradas por no poder mantener el brillante horizonte que se marca en sus despegues.
El punto de partida de Mommy no es real, tampoco lo es su tratamiento por más que el excelente trabajo interpretativo de sus principales actores resulte muy convincente. Mommy, a veces resulta estremecedor. Siempre es intenso, maquiavélicamente intenso. No hay nada espontáneo, nada fuera del férreo control y del extremo artificio que circunda a este inquietante filme disfrazado de melodrama, pero con alma de cine de terror en su núcleo más profundo.
El cine francés -su industria y sus poderes-, crece en Europa de manera imparable y exponencial. Dentro de pocos años, a este paso, todo el cine europeo será francés o no será europeo. Ni Alemania, ni Italia, ni Gran Bretaña, ni tampoco, por supuesto, España, pueden rivalizar con una cinematografía apoyada por su gobierno y sostenida por su público.
Cuenta Mike Leigh, el más riguroso y austero de los cineastas británicos de nuestro tiempo, que empezó a pensar en trasladar al celuloide la figura y obra de William Turner hace más de quince años. Quince años en los que cada mañana sentía la amenaza de que algún otro realizador tratara de hacer lo mismo que él. Entre otras cosas porque el cine jamás se había interesado por este paisajista precursor del impresionismo, buceador de la luz en una época oscura.
Liv Ullmann nació en Tokio en 1938 por casualidad y la casualidad quiso que su vida cambiara sustancialmente cuando Bergman la escogió para protagonizar Persona (1966). Aquella película, acometida por el autor de Fanny y Alexander tras un período hospitalizado, fue un dulce fracaso. En taquilla funcionó mal, pero a Bergman le reportaría dos triunfos.

