Sin Michel Houllebecq no existiría esta película que se burla de las fronteras del género. Sin él no sería creíble esta película inseminada por pura ficción en vena que circula febril alrededor de un personaje que se autointerpreta. Cine que se diría documental, porque gravita en torno a una biografía reconocible y reconocida, sabemos que esconde una farsa absoluta.

Ni Buñuel los hubiera arrojado de su mesa, ni Chabrol hubiera desaprovechado la oportunidad de compartir con ellos una acalorada sobremesa. Aunque todavía no aporten credenciales suficientes como para estar a su lado, los hermanos Larrieu siguen sus huellas. Como también podríamos incluir en ese lista a Raúl Ruiz, un cineasta errante que, de haber tenido la posibilidad de compartir su pulsión narrativa, hubiera compartido con ellos esos guiones imaginados que se pierden en el territorio de la quimera.

Al finalizar Vals con Bashir, Ari Folman se tomaba una inquietante libertad que, como todo aquello que rompe, acababa por provocar opiniones dispares y disparatadas. Vals con Bashir era un filme de psicoanálisis y memoria, y en su interior nos aguardaba una terrible cantinela sobre el sentimiento de culpa y los fantasmas de la guerra.

Luc Besson irrumpió en el panorama cinematográfico hace tres décadas con un relato post-apocalíptico de bajo presupuesto y alta originalidad: Kamikaze 1999 (1982). Tenía 23 años y una notable insolencia generacional que pretendía pasar por encima de la nouvelle vague. Eran otros tiempos y en su caso, pronto se descubriría que su intención, como sugería el título de su primera película, iba a ser la de convertirse en un francotirador ajeno a las jerarquías y familias del cine francés.

De vez en cuando surge una propuesta formal cuya originalidad le confiere un sentido, la hace única. Con frecuencia esa excepcionalidad acaba limitando su desarrollo y, a veces, ahoga la historia que cuenta. En el peor de los casos, sus autores saben que el filme será recordado por haber afrontado ese riesgo estructural. Dicho de otro modo, son películas hijas de un exacerbado manierismo al que le preocupa más el arabesco que la sustancia argumental. Locke, como La soga de Hitchcock, El arca rusa de Sokurov o Buried de Rodrigo Cortés, asume una dificultad en el entramado de su creación.

El nombre de Catherine Deneuve señala y ennoblece algunas de las páginas más deslumbrantes de la Historia de cine. Al lado, no podría decir que bajo las órdenes, de Truffaut, Vadin, Buñuel, Polanski, Oliveira, von Trier, Ozon y un largo etcétera, Deneuve ha cultivado citas inolvidables a lo largo de medio siglo.

Allí donde se amontonan los restos del naufragio en el que se consumen los vanos intentos de reflotar la saga de George Lucas, en la misma fosa en la que agoniza un sexagenario Indiana Jones, un director insolente, heterodoxo e irreverente llamado James Gunn, lidera una producción que puede ser considerada como el Star Wars de la segunda década del siglo XXI.

En alguna ocasión y en estas mismas páginas ya se ha dicho: fusionar cine y cocina rara vez da lugar a buenas películas. Por el contrario, casi siempre provoca peligrosas gastroenteritis mentales que conviene evitar. Primero las sufren quienes las hacen, suelen ser víctimas de una felicidad alelada. Luego traspasan ese virus a los incautos espectadores, que salen de la sala con vacío en las tripas y la cabeza hueca.