Ahora muchos lo han olvidado, otros nunca lo han sabido, pero lo cierto es que en su comienzo, James Wan fue objeto de posiciones airadamente enfrentadas. La culpa la tuvo Saw (2004), un claustrofóbico relato de horror y sangre en cuyo seno nació Jigsaw, hoy uno de esos grandes referentes del cine de terror que junto a Freddy Krueger, Jason Voorhees, Michael Myers y Leatherface, comanda la galería de los más aterradores monstruos del cine contemporáneo.

La bruja se abre con un juicio y concluye con un akelarre. O sea, da una vuelta de tuerca a un tema clásico. Pero hay más, mucho más. La bruja se ubica cronológicamente en la zona cero del nacimiento de los EE.UU., en el laberinto del siglo XVII, en ese país al que, ahora, un millonario racista y pendenciero llamado Trump convoca a un tiempo de ira, sangre y miedo. Así que no es casualidad que este filme estremezca y conmueva en estos momentos.

Hay algo más que ironía cuando, con el plano de apertura, la voz del narrador, que luego sabremos pertenece a Igor, avisa de que estamos ante una historia conocida. Tiene razón. Toda persona que se dispone a ver un filme titulado Victor Frankenstein algo sabe (y algo prevé) respecto a su argumento. Por otra parte, en la ficha técnica, su guionista no duda en reconocer la inspiración a quien fue su creadora, Mary Shelley; pero también en esto, como en todo lo anterior, nada es exactamente lo que parece, nada se ajusta al pie de la letra.

Arrasó en Sitges donde fue aclamada como mejor película de la edición 2015. Un galardón que le viene un poco grande pese a que, nadie le discute, su efectiva solidez y la gran habilidad de obtener un rendimiento muy superior al que le habita en su material de partida. En el Festival de Sitges, donde confluyen las propuestas más radicales, las más extrañas y más arriesgadas del cine contemporáneo “fantástico” suele ser habitual que, en su palmarés, se impongan pequeñas pero efectivas propuestas en una decisión siempre conservadora.

Al igual que la Isabel Coixet de Mapa de los sonidos de Tokio (2009), que se perdió en el mercado de pescado de la capital japonesa; de la misma manera que la Sofía Coppola de Lost in Translation, perpleja en los extrañamientos de superioridad que el estadounidense medio siente con respecto a Asia, El bosque de los suicidios incurre en el mismo pecado de soberbia. Es decir, trata de conjugar los signos de una cultura que solo conoce de oídas.

ay un niño en el fondo de todo ser humano que se niega a olvidar lo que era propio de sus juegos infantiles. Y hay un tiempo en el que todos somos o fuimos niños. Apelando a ambos extremos, de vez en cuando aparecen títulos eléctricos, películas felices que pellizcan ese resorte ante el que no caben esas varas de medir con la que normalmente evaluamos lo que vemos.

La rudeza de sus fundamentos no admite duda alguna. Krampus no busca ningún lugar de honor en el reino del cine de gafapasta y sobreentendidos. Aquí no hay ensimismamiento que valga. Es cine de barrio, pero no del que se emite en horario familiar sino del que se descubre hurgando por internet o en las estanterías de los últimos videoclubs que todavía no se han arruinado.

Todo en La cumbre escarlata sabe de la pasión. Todo se debe a la fiebre de ese fabulador ebrio de lecturas no olvidadas autor de Cronos (1993) y El laberinto del fauno (2006). Como tal, el resultado (a)parece desmesurado, referencial, lleno de notas a pie de página. Dicho de otro modo, su relato deviene en goce de erudición con restos de acné adolescente y cinefilia sin bozal.

Filadelfia es también el hábitat donde se ha (con)formado el universo de M. Night Shyamalan, un cineasta de origen hindú convertido en un Stephen King cinematográfico. Allí, una tras otra, nacieron sus obras: El sexto sentido, El protegido, Señales, El bosque, La joven del agua… En ese devenir, Shyamalan ha pasado de conocer el aplauso unánime a ser zarandeado y puesto en cuestión.