Mientras el alevoso exterminio de Netanyahu (y Trump) continúa día tras día con el asesinato de más y más palestinos, surgen, a cuentagotas, con actitud resiliente y desde los arrabales de un país en ruinas, crónicas cinematográficas como esta canónica recreación del origen de tanto horror.
En «Historia de los dos reyes y los dos laberintos» Jorge Luis Borges confrontaba el dédalo hecho por el hombre: un constructo de piedra y/o vegetación de altas paredes levantadas para provocar la confusión de quien es allí introducido; con el desierto, una extensión casi infinita de arena y sol líricamente conocida como el laberinto de Dios.
Hace 22 años, EE.UU masacraba Irak, culpable —se decía— de poseer un arsenal de armas letales capaces de destruir la tierra. Según Aznar, uno de los cerebros más retorcidos del planeta, no había duda alguna sobre el poder destructivo del régimen de Sadam Husein. Había que acabar con los infieles a toda prisa.
¿A dónde fue el autor de El globo blanco (1995) y El círculo (2000), (pre)destinado a recoger el testigo del maestro Abbas Kiarostami? ¿En qué accidente se quebró una trayectoria que lleva años viviendo una extraña impostura legitimada por festivales como Berlín y Cannes, donde su última película se alzó con la Palma de Oro?
Han pasado casi 17 años desde el estreno de “Paradise now”, la obra con la que despegó la carrera fílmica del director palestino Hany Abu-Assad. Quienes no hayan olvidado la angustiosa atmósfera que presidía la crónica de los suicidas musulmanes que se autoinmolaban convertidos en bombas andantes, volverán a sentir en “La traición de Huda” parecidas sensaciones, idénticos miedos.
Cuatro historias y un “leitmotiv” articulan este filme de filmes que ganó el Oso de Oro a la mejor película de la Berlinale 2020. Se trata de cuatro relatos atravesados por la mancha que salpica a los sayones, o sea el sentimiento de culpa que muerde a los encargados de ejecutar a los reos de la ley sabedores de que la ley no coincide con lo que cabría esperar de la justicia.
El pretexto argumental de El insulto no sorprende. Quiere mostrar esa espiral de ofensas y tensiones que comienzan con una estupidez venial y culminan con una batalla sangrienta. Como en El hombre de al lado (2009) de Cohn y Duprat, lo que arma de sentido con vocación aleccionadora a El insulto, tiene como centro de acción un enfrentamiento vecinal.




