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3.0 out of 5.0 stars

Título Original : & SONS Dirección: Pablo Trapero Guion: Sarah Polley y Pablo Trapero a partir de la novela de David Gilbert Intérpretes: Johnny Flynn, Bill Nighy, George MacKay, Imelda Staunton, Dominic West y Noah Jupe País: Gran Bretaña. 2025 Duración:  119 minutos

Saturno frente al espejo

A medio camino entre el Saturno devorador de sus propios hijos y Narciso, el vanidoso enamorado de sí mismo, se perfila Andrew Dyer (Bill Nighy), un escritor se nos dice que laureado y que lleva veinte años sin escribir ni salir de casa. Víctima del éxito, ese Andrew Dyer encarna la aberración en la que desembocan los necios ilustrados ablandados por el dinero, la fama y el poder. En el caso de los escritores, señores del veneno de la palabra, dueños del verbo abrasivo, como en algunos artistas divinos, la arrogancia les intoxica y el aplauso los convierte en estúpidos engreídos. A uno de esos sujetos tan reconocibles, tan lamentables y, tal vez, tan próximos, es a quien le da su piel Bill Nighy, un notable actor británico que se ha pasado media vida haciendo de villano. Aquí y ahora, tras su convincente «Vivir» (2023), su papel le lleva a mostrar el patético naufragio de un cretino vanidoso.

En esa ceremonia de necedad vital, «Sus hijos» muestra a un encumbrado y multipremiado escritor en esa fase fatal de decadencia activa: demasiado viejo para crear, demasiado vivo para guardar silencio. Por eso se dedica a beber y a atormentar a quienes le rodean, a fastidiar a quien se cruza en su camino. Comparte la casa con su hijo pequeño y una asistenta misteriosa. Ese hijo, al parecer extraordinario músico, revestido con la aureola de una genialidad congénita, fue concebido fuera de su matrimonio. El hecho provocó la separación de su mujer -interpretada por la siempre creíble Imelda Staunton-, y el destierro de sus dos hijos mayores a quienes, de un modo u otro, acabó por destrozar la aureola del gran escritor.

Como Andrew -el hombre, el viril-, cree que la muerte le visitará pronto, decide llamar a sus dos hijos mayores en un gesto hipocondríaco más crepuscular que de avenencia, piedad y afecto.

Esta adaptación cinematográfica fue construida a partir de la novela de David Gilbert publicada en 2013, “El extravagante señor Dyer» (& Sons). Y fue el propio Pablo Trapero, director del filme, quien coescribió el guion junto a Sarah Polley. La traslación del papel a la pantalla suponía una tentación emponzoñada. Entre otras cosas porque la pieza de Gilbert, un escritor con olor neoyorquino, se sostiene sobre una prosa solvente, llena de tensión y a partir de un triple salto mortal argumental donde nada es evidente, donde el exceso lo barniza todo. La sombra de Philip Roth, Tom Wolfe, J.D. Salinger y Jonathan Franzen entre otros muchos, se proyecta sobre su «& Sons». Alta dificultad para un director argentino, Pablo Trapero (Buenos Aires, 1971), que encaró este proyecto de madurez filmando por primera vez en inglés y con un reparto esencialmente anglosajón.

Se percibía el final del milenio cuando en 1999 un joven Trapero empezaba su carrera con un filme seco y oscuro. Desde aquel «Mundo grúa», donde Rulo (Luis Margani), un hombre de 50 años, divorciado y con un hijo adolescente, sobrevive como puede aferrado a sus sueños de triunfo de juventud, a este «Sus hijos», Trapero ha firmado obras notables: «El bonaerense» (2002), «Leonera» (2008) y «El clan» (2015), entre las de mayor reconocimiento. Ocupado por las series de televisión, lucrativo negocio y abismo de difícil retorno para quien acepta su juego, Trapero llevaba alejado casi 8 años de las salas de cine. Por eso, «Sus hijos» aparece como una buena nueva, como el retorno de un cineasta argentino que aportó algunos de los mejores filmes argentinos de este tercer milenio.

Altas expectativas para un filme en las antípodas del cine de su comienzo. Ya desde el primer instante, todo en el relato adquiere un carácter excesivo, hiperbólico, histriónico. Llena de simbolismo, tatuada de detalles que revelan una cartografía sobre padres e hijos dedicados a la creación artística, su temática parece convocar desde el Bergman más destructivo al último Sorogoyen. Además, su argumento amaga con una carta marcada que nunca se juega a fondo. Todos están bien, hay multitud de detalles de hondura y peso, pero nadie alcanza esos ecos de verdad que el pobre Rulo, figura errante en «Mundo grúa», emitía sin apenas buscarlos.

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