Cuando Tom Hanks rodó “Big” (1988), el actor, que acaba de cumplir 64 años, estaba considerado como el novio de América. Aquella fábula por la que un niño de 13 años acababa habitando en un cuerpo de un adulto de 30, se convirtió en la comedia del momento y en la reivindicación de que resulta pernicioso perder al niño que una vez todos hemos sido.

Cuando ya no hay nadie entre el público que imagina otra cosa que asistir al desenlace de un convencional filme de superación y éxito deportivo, una más de esas películas de entrenador rebelde que devuelve la autoestima a sus pupilos convirtiendo un equipo de derrotados en una armada invencible, “The way back” da un giro sorprendente e introduce una variable que imprime nuevos puntos de vista.

En “La caza”, la película, habita la frustración. Frustración entendida como una sensación de incomodidad subterránea que ratifica la importancia de un filme de evidente interés y de ambigua solidez moral. Como relato engancha y engaña; divierte y lía. No es fácil salirse de su laberinto sin sentir que en el próximo recoveco habrá otra sorpresa, algo inesperado, otro quiebro de guión que iluminará una nueva cara oculta.

La secuencia que abre “Madre oscura”, un susto de catálogo con descenso a un tenebroso sótano de una joven que incumple todos los protocolos del sentido común, se cierra en falso. Tras los créditos comienza algo que aconteció cinco días antes de lo visto.

Esta vieja guardia de guerreros ¿inmortales? sabe de la maldición de los vampiros. Como ellos, ven cómo la muerte, siglo tras siglo, devora a la humanidad y un sentimiento trágico de soledad inevitable les provoca un amargo quebranto existencial. Esa es la naturaleza de estos mercenarios que, en su primera secuencia, escenifican un regalo muy especial entre dos de ellos.

Todo en «Personal Assistant» se sabe profesional. Cine de lujo y música. Técnicamente, el filme rebosa calidad. La hay en las mimbres que tejen su urdimbre y la hay en el envoltorio que recubre un folletín obnubilado por el glamour y la vacuidad. Si desde la mirada de un productor resulta casi perfecta, desde donde se atiende a otras cuestiones menos “crematísticas”, se sabe que su contenido habita un cuerpo muerto, no es sino un cadáver insostenible en un tiempo enfrentado a su vulnerabilidad.

Hace veinte años, François Girard, guionista y director franco-canadiense, (Quebec, 1963), empezó a ser reconocido mundialmente gracias al éxito de “El violín rojo” (1998). Dos décadas más tarde, se hace evidente que este realizador encuentra su zona de confort allí donde la música impone su presencia; allí donde el sonido establece la ley.

El mayor enemigo de Pixar es el propio Pixar. El baremo por el que se medirá a “Onward” hay que buscarlo en precedentes como “Up” y “Buscando a Nemo”. Y ese luchar contra sí mismo, lastra la capacidad de sorprender de la compañía, pese a que (casi) siempre garantice una calidad media más que notable.