Herido y magullado, Mickey, el protagonista de “Red Rocket” empieza este relato con un gesto que evoca el retorno del hijo pródigo. En él, se percibe la decadencia del marido ¿arrepentido? Vuelve a casa tras conocer la amargura de la derrota y el ocaso.

Fuera de contexto, sin saber qué lo provoca, un gemido puede ser emitido y percibido como consecuencia del placer o del dolor. A veces surge como fruto de ambos. El camino del éxtasis sabe del goce sexual pero eso no excluye otras rutas que surquen el sufrimiento; de eso y de Sade, claro está, iba “Martyrs”, filme radical de rechazos masivos y admiraciones extremas.

Concebida como una ópera épica -solemnidad sobre esplendor, ritualización sobre impostura, todo cuanto se da cita en “El hombre del norte” reclama el exceso y la excelencia. Su historia, con la que Shakespeare alumbró hasta devorar en demencia a “Hamlet”, abruma y desarma por su esencialidad.

La joven vecina de al lado -ese era el principal encanto de la Sandra Bullock de sus inicios-, ya ha cumplido 57 años. Pero ni se da por aludida ni parece dispuesta a renunciar a perpetuarse en personajes que mezclan la acción con la comedia romántica pese a que ha anunciado que, tras este filme, se dedicaría un tiempo al cuidado de sus hijos.

No es casualidad que al hablar de esta película de dibujos animados, se traiga a colación dos obras anteriores de su realizador: “Escuela de rock” y “Boyhood”. Si algo determina lo que “Apolo 10 y medio” contiene, es una mirada a la propia infancia del guionista y realizador y una recreación trepidante de la banda sonora que llenó los silencios de aquel tiempo en el que se maceraron las señas de identidad que conforman su personalidad como cineasta.

Demasiadas cosas nos resultan incomprensibles. Las más dolorosas, aquellas que despiertan al monstruo que nos habita, las que desatan la ira que, como especie, llevamos dentro. Para tratar de percibir el clarín de la pulsión de muerte y qué melodía desabrocha la violencia que llama a la sangre, el argumento de la película de Fran Kranz parte del encuentro de cuatro víctimas colaterales de una masacre.

Afirma este Batman que no se esconde en las sombras, que las sombras son él. Dice bien. Entre otras cosas porque “The Batman” nació bajo el signo de lo entrevisto, o sea de lo visto sin precisar que es la única manera de saber de quien habita en la noche.

En «Welcome to the Dollhouse» (1995), Todd Solondz ilustraba con ferocidad el aspecto menos amable del mundo infantil. Frente a la visión idílica que convoca y describe ese tiempo de despertares y domesticación como una especie de paraíso perdido, Solondz levantaba un relato cercano al horror.