Los acontecimientos que forjaron la aparición de la novela “Maria Chapdelaine”, como el periplo que se desparrama en su interior, nada supo de las prisas. El tiempo que refleja, hecho de veranos cortos e inviernos duros, en sus manos (a)parece (como) una cuestión flexible, líquida.
En “La ciudad perdida”, deshilachada copia de “Tras el corazón verde”, Sandra Bullock salvaba los muebles del proyecto porque, durante unos minutos, Brad Pitt aparecía en su ayuda. El filme de los hermanos Nee evitaba el siniestro total gracias a un cameo largo e irreprochable del “Aquiles” de “Troya”.
Estrenada de soslayo en cines pero acompañada con los clarines de honor de la plataforma que la creó, Netflix, “El agente invisible” ofrece un impagable testimonio del signo de los tiempos. Los hermanos Russo dejan el universo Marvel para abrazar el mundo del thriller de acción. Así, lo que empezó con 007 y alcanzó con el cambio de siglo su excelencia a través de la saga Bourne, encuentra en “El agente invisible” la sublimación de esa naturaleza de coreografía de violencia y muerte.
Se cumplen 22 años de “Memento”, un filme referencial con el que despegó el talento de Jonathan Nole y en el que se encumbró la figura de Guy Pearce. La efeméride no es ajena a lo que “La memoria de un asesino” dirigida por un Martin Campbell desfondado, parece pretender. Ambos filmes giran sobre la fragilidad de la mente.
La presencia de Nicolas Cage ya preludia que “Pig” no seguirá las directrices del thriller convencional. Ese rechazo a lo rutinario empieza en el guion. No son comunes las mimbres que entrelazan su argumento. En ese libreto coescrito entre el director, Michael Sarnoski, y su compañera de estudios en Yale, Vanessa Block, se apuesta por cierta excentricidad, la que probablemente sedujo a Cage para aceptar el papel.
Concebida con voluntad de creador con mirada propia, la estructura ósea que sostiene este retrato de Elvis lleva el ADN de Baz Luhrmann. En consecuencia sus huesos, ese calcio que le alimenta, exhiben la trayectoria del cineasta australiano que modernizó el “Romeo y Julieta” de Shakespeare, el mismo que barroquizó hasta lo circense la atmósfera parisina de “Moulin Rouge” y el que reinventó el mundo del “Gran Gatsby”.
Si para Kundera lo insoportable era la levedad del ser, para un Nicolas Cage capaz de reírse de sí mismo y de la imagen que lo representa, lo insoportable mana de la vanidad de los actores, lo que no (se) aguanta es ese narcisismo ególatra con(tra) el que el sobrino de Coppola lleva lidiando desde su mismo origen profesional.
El metaverso todo lo impregna, todo lo justifica, todo lo traga. Cree en él Mark Zuckerberg, el factótum de Facebook, uno de los dueños del mundo. Se sabe que en el metaverso y los mil y un avatar, ha puesto toda su fortuna. Y como hay muchos intereses en juego y es mucho lo que se juega, la industria del espectáculo secunda con fervor lo que se supone va a ser el mundo que está por llegar.
En 1986 Chernobil se abismaba en el holocausto nuclear. En esos meses EE.UU. bombardeaba Libia y la América que habla español se veía atravesada por “senderos luminosos” de sangre y fuego. También ese año, en el país del reloj de cuco, moría Borges, cerca de donde, once años antes, se despidió Chaplin.


