Nicholas Stoller, profesional británico enrolado en la industria norteamericana, presenta unas credenciales que, si se estrujan,dan como mínimo común denominador la búsqueda del éxito popular a cualquier precio. Dicho en clave industrial, Stoller milita en ese cine llamado comercial que huye del riesgo casi tanto como del talento.
La apatía e insipidez de Shailene Woodey, protagonista decisiva de Divergente, ejemplifica la naturaleza de esta nueva saga cinematográfica. Bajo la dirección de Neil Burger, autor entre otras de El ilusionista (2006), la producción, poderosa en medios, paupérrima en talento y vacía de personalidad, ha dispuesto todas sus baterías en dirección al mismo tipo de público. El que convirtió a Crepúsculo en un fenómeno de masas, prácticamente el mismo que ahora vibra con Los juegos del hambre.
El próximo 14 de junio, Steve Ditko cumplirá 87 años. Vive como una sombra en un apartamento de Manhattan. Recibe pocas visitas y casi nadie le reconocería si se lo cruzasen por una de las calles altas de Nueva York. A él, eso no le preocupa. Él dibuja, dibuja sin parar. Se autoproduce un fanzine de corta tirada que vende a precio de saldo sólo en algunas librerías especializadas.
Darren Aronofsky no es un cineasta acomodaticio, ni acomodado. Desde su primer largometraje, Pi (1998), una pesadilla matemática en la que se (con)fundían la cábala judía con el tiempo de la informática y la revolución de lo binario, se hizo evidente que para Aronofsky todo era cuestión de número y sentido. Todo era territorio imposible donde se abrazaban la razón y el misterio.
No hay director español cuyas películas hayan convocado tantos espectadores como Jaume Collet-Serra. Cuando debutó con La casa de cera (2005), lo hizo a lo grande con un filme pequeño. No es fácil empezar a dirigir y que Paris Hilton sea una de las actrices dispuestas a ser víctima del sadismo de un guión repleto de violencia extrema y mal rollo.
Aunque la batuta de la dirección recae en Emilio Martínez Lázaro -un veterano realizador madrileño-, la partitura ha sido co-escrita por Borja Cobeaga. De hecho todo en esta desopilante comedia reclama su firma. La lucha de sexos entre un señorito andaluz de gomina en pelo y Virgen en vena, enfrentado a una neska guerrera, de flequillo perfilado y cabreada con su aita, funciona bien.
Con los Oscar de Hollywood ocurre como con las películas de James Bond y las decisiones del Partido Socialista de Navarra. Que, en cada nueva edición, se las ingenian para generar una sensación de incertidumbre sobre lo que acontecerá cuando, en realidad, siempre acaba pasando lo mismo. Y eso es lo que ha hecho la Academia americana en el Dolby Theatre de Los Angeles en la pasada madrugada del domingo al lunes. Ratificar que en Hollywood gustan mucho los cuentos, en especial los que se apiadan de los buenos.
Hacia la mitad de Monuments men, cuando ya no hay esperanza alguna de que la película alce el vuelo, George Clooney, director y actor protagonista, hace decir a su personaje: “Además de guapo, también soy manitas”. De modo inconsciente, Clooney traspasa la ficción a la realidad para declarar así la naturaleza de su quinta película como director: una insulsa frivolidad.
Aunque la reinvención de Robocop 2014 respeta incluso el nombre del policía cuyos restos sirven para (re)construir el cyborg que Robocop es, el esforzado y notable trabajo de José Padilha no puede (ni quiere) recuperar su naturaleza originaria. En ese sentido, Robocop 2014 se comporta un poco como el Old Boy de Spike Lee con respecto al de su modelo de partida; aunque hay planos y secuencias idénticas, las diferencias resultan abismales.


