Cuando los viejos dinosaurios sienten que su tiempo de esplendor agoniza, cantan. Lo hacen para espantar su decadencia, para disfrazar su declinar. La lista es larga; de Wim Wenders a Carlos Saura o Fernando Trueba. 
Es sospechosamente frecuente que algunos directores se refugien en el cine musical para sortear la desactivación de lo que su cine significó en su origen.

Adam McKay nació en Filadelfia hace 53 años. En la misma ciudad que tanto perturbó a David Lynch mientras soñaba con “Cabeza borradora” y en la que también nació M. Night Shyamalan. Tal vez no sea fortuito que allí cayese la semilla germinal del país llamado EE.UU. 

En “Las ventajas de ser un marginado” (2013) Stephen Chbosky no solo adaptó y dirigió su propia novela, “The Perks of Being a Wallflower”, sino que abrió un territorio diferente al cine protagonizado por adolescentes. A este escritor y realizador de cine, nacido en Pittsburgh hace 51 años, no le interesaban ni los excesos juveniles hechos de rebeldes de poca causa y mucho miedo, ni los “Porkys” prealcoholizados.

“La casa Gucci” nació, al parecer, gracias al olfato de la esposa de Ridley Scott quien, tras tener noticias del libro de Sara Gay Forden, entendió que allí había materia para una película importante. Así que, para garantizar su importancia, Ridley Scott puso todo su empeño para enrolar a un reparto impresionante.

Desde los años 60 y 70, los buenos cineastas, gentes que entendían y entienden el cine como un arte al que respetar, y perciben el público como una suma de personas con criterio propio con conocimiento y con sensibilidad, denunciaron el efecto nocivo que las pantallas domésticas traían con su implantación en todos los hogares.

Imposible encarar la percepción de esta “crónica” sin mojarse del todo. No se  merece el insulto de dedicarle ejercicios de equilibrio, al estilo de “sí pero no”.  “La crónica francesa” de Wes Anderson se presenta como una obra total, una especie de culminación de quien todo lo existente le resulta convencional e incómodo.

Declaraba recientemente Denis Villeneuve que “demasiadas películas de Marvel no son más que un corta y pega”. No le falta razón. Especialmente en los últimos tiempos en los que la fábrica de superhéroes ha entrado en un peligroso declive por culpa de ese “más difícil todavía” que busca en el ruido lo que no sabe cultivar en el texto.