La cueva supuso una atípica experiencia fílmica. Para llegar a este formato que ahora se ofrece en los cines, tuvo una existencia anterior. Luego se filmaron nuevos planos y asumió un remontaje nuevo. Al comienzo, se filmó con una escandalosa escasez de medios. Al final, con la ambición de seguir caminos más o menos rentables como el que representa la trilogía (pronto tetralogía) de REC.
La irrupción de una directora como Isabel Coixet en el cine de terror, sorprende a medias. Antes que ella, Amenábar y Bayona, además de Balageró y Plaza, directores españoles cercanos a su generación, obtuvieron alta rentabilidad de un género habitualmente despreciado por la oficialidad académica, tanto crítica como política.
La acción nos la ubica su directora y guionista en el año 1996. Pero las causas de la situación que trata Todos están muertos tuvieron lugar algunos años antes, en el marco de lo que no cuesta trabajo asociar a la llamada “movida madrileña”. En los años de aquella explosión de pop cañí, voracidad sexual y delirio psicodélico, Beatriz Sanchís, valenciana de nacimiento, era una niña.
Lo banal, o sea lo trivial y común no debe confundirse con lo anodino. Lo anodino es sinónimo de lo insignificante, lo ineficaz y lo insustancial. De lo banal sabía mucho Oscar Wilde, un genio de la sutileza y el humor. De lo anodino sabe casi todo esta película imposible que echa mano de ese subgénero que es la comedia romántica abrochada a la subtrama de lo grastronómico.
Llevado por un arrebatado amor de madre, Paco León, un actor de fortuna en series de televisión, puso contra las cuerdas a la industria cinematográfica española. El panorama del cine actual se divide entre quienes se mueven en el territorio oficial de Academias y Goyas y quienes, desde la periferia y el mundo universitario, practican un cine de bajo presupuesto y extrema singularidad. Carmina o revienta, título que se abrochaba al testimonio arrabalero del testimonio tardofranquista de El Lute, hizo lo más difícil todavía, salirse del tiesto, deambular por tierra de nadie.
Hay festivales cuyos premios, más que refrendar la calidad de una película, alertan sobre la inconsistencia de lo que allí nos aguarda. Dedicado al cine español, el festival de Málaga se ha convertido en el refugio de la segunda división del cine español, esa cita a la que llegan las películas que no fueron seleccionadas por ningún festival extranjero, las que desecha Donostia, no quiere Sitges ni Gijón, y desestima Sevilla y Valladolid. Así las cosas, que La vida inesperada hubiera cosechado una gran acogida en Málaga nada connota, pero mucho dice.
Ti West, autor de obras ¿(re)conocidas? como La casa del diablo o como la todavía inédita entre nosotros, salvo su paso por Sitges, The Sacrament, ha sido saludado como uno de los renovadores del cine de terror contemporáneo. Situada entre ambas obras citadas, Los huéspedes, (2011), no oculta la humildad de su presupuesto y consigue cultivar algunos de los rasgos que avalan la personalidad de su autor. Guionista, editor y director, Ti West aparece como un hombre orquesta del cine actual.
Aunque la batuta de la dirección recae en Emilio Martínez Lázaro -un veterano realizador madrileño-, la partitura ha sido co-escrita por Borja Cobeaga. De hecho todo en esta desopilante comedia reclama su firma. La lucha de sexos entre un señorito andaluz de gomina en pelo y Virgen en vena, enfrentado a una neska guerrera, de flequillo perfilado y cabreada con su aita, funciona bien.
En el gesto inicial con el que los hermanos Merino abren su “documental” resulta imposible no pensar en El proyecto de la bruja de Blair y Grizzly Man. Como ellos, en Asier eta biok el espectador se enfrenta a las confesiones a cámara de su protagonista embarcado en una odisea imposible. Parecen documentales pero no lo son.


