El fantasma de Intocable, el mayor éxito comercial del cine francés del siglo XXI, se pasea por la barca-escenario de este filme que comparte el mismo protagonista: François Cluzet. Pero desde su mismo enunciado, hay algo en su interior que se sabe espejismo, que se percibe falso, que (nos) engaña. ¿Por qué se titula En solitario si su protagonista nunca lo está?

El nombre de Ismael se debe al narrador de la novela de Herman Melville, Moby Dick. Pero ahí se acaban las posibles conexiones con la caza de la ballena blanca. Cierto es que el joven Ismael, protagonista del filme de Piñeiro, afirma soñar con navegar. Cierto que su padre biológico, le puso el nombre porque esa era la novela que le leía a su madre en el tiempo en el que fue concebido.

Hace trece años, Santi Amodeo se presentó con El factor Pilgrim (2000), un filme-disparate realizado junto a Alberto Rodríguez. Aquella comedia insolente, rodada en Londres, versión cañí de Trainspotting, sin dinero ni posibles, fue una carta de presentación que alcanzó una antagónica reacción. Para cierta crítica canónica, aquello era una broma soez carente de valor y de buen gusto.

Si el ministro de cultura fuera de verdad al cine y viera Stockholm sabría que sus afirmaciones sobre el cine español carecen de sentido. Es posible que en los últimos años haya habido demasiado estómago agradecido y mucho director adocenado empeñado en fundir subvenciones a cambio de filmar películas mezquinas, de ningún interés y sin ninguna vinculación con la realidad.

En Caníbal, su director y coguionista, Martín Cuenca (con)forma un adagio sobre el derrumbe del bien. O, si se prefiere, sobre el privilegio del mal y su insensibilidad ante la culpa. Ese querer dar forma a este cuento de ignominia implica un giro de 180 grados. Entre el primer plano y el último, la cámara de Manuel Martín Cuenca deambula y se traslada de la víctima al verdugo. El filme se abre con un plano general para desvanecerse en negro ante el plano de un rostro.

Aunque lo parezca, aunque el filme se abre y se cierra con similar respiración contenida en un plano fijo y en torno a un parecido gesto de desesperación, La herida no es un círculo que se cierra sobre sí mismo. No es un uróboros, por más que el afán autodestructivo de Ana así lo pueda indicar. Sin duda Ana se retroalimenta de su propia desgracia, se devora y le devora su desesperación.

Si las películas durasen media hora, Alex de la Iglesia sería el mejor director español de la actualidad. Se ha afirmado eso tantas veces que empieza a ser reiterativo. Pero a él, le da igual, él insiste y no se enmienda. No hay película suya que no crezca sobre un punto de partida singular, atractivo, prometedor.

Con el fútbol como pretexto y la familia como tema, Daniel Sánchez Arévalo (Azuloscurocasinegro, 2006; Gordos, 2009 y Primos, 2011) avanza otro pasito más en un proceso que, conscientemente o no, ha ido rebajando la tensión y la negritud de su ópera prima para introducir tonos más luminosos, más de caricatura humorística.