A María Ripoll se le veía venir y se le temía llegar. Por no remontarnos en la historia, basta con rememorar su anterior largometraje: Rastros de sándalo. Mejor aún, si quien lee esto, tiene ganas y curiosidad, que se dé un paseo por su página web.
Leticia Dolera lo es todo en esta película que se encomienda a Woody Allen y se abraza a la comedia urbana española de un presente hecho de low cost y mucha labia. Dolera dirige, escribe y protagoniza una reflexión sobre una joven mujer que se siente diferente porque ni tiene pareja, ni casa, ni trabajo, ni vida social, ni aficiones, ni vida familiar. Como consecuencia, tampoco cumple el séptimo requisito para ser normal: ser feliz.
En Málaga, en su festival abrochado al cine español, A cambio de nada cosechó premios y parabienes. Sabemos que los ecos de ese festival nada garantizan y este largometraje con el que debuta como director Daniel Guzmán se alza como un buen ejemplo del pobre nivel de un evento mejor vendido que atendido. Guzmán, actor antes que director, debutó hace años con Sueños (2003), un cortometraje que tuvo una gran acogida y que todavía se recuerda.
Desde su nacimiento al cine, la trayectoria de Isaki Lacuesta se ha significado por su falta de ortodoxia. Se diría que Lacuesta trata de regatear a su propia sombra especialmente cuando ésta ha sido saludada por el éxito y los parabienes. Fiel a ese ideario, en cada nuevo proyecto aparece con el paso cambiado respecto a lo que había sido su obra precedente.
Gerardo Herrero, productor de Felices 140, y director de un puñado de intentos cinematográficos, la mayoría olvidados sin pena ni rencor, se adentró con frecuencia en el mismo campo de batalla que aquí excava Gracia Querejeta. Una de sus mejores cintas, Las razones de mis amigos (2000) guarda una estrecha relación con Felices 140. A ambas películas se les descubre un idéntico diagnóstico proveniente de esa sabiduría de refrán que dice: “que Dios me guarde de los amigos porque de los enemigos me protejo yo”.
Negociador entre sus virtudes aporta algo bastante escaso en el cine español: mira al presente y no teme rozarse con la condición humana. Uno de los factores del desapego que el público de este país dispensa a su cine reside en que éste evita el contacto con lo real. Piensen cuántas veces se ha llevado a la pantalla con rigor y sin miedo cuestiones que han condicionado nuestra existencia reciente. En un tiempo sacudido por la corrupción, atravesado por la violencia, edificado sobre mentiras y sostenido por la hipocresía y la desigualdad, resulta difícil citar películas en las que se puedan atisbar bocados de realidad.
La chispa que enciende el motor de Autómata es la misma que ponía en movimiento 2001, una odisea espacial. O sea, un tema recurrente en la especulación del género denominado ciencia-ficción, esa etiqueta de perfiles movedizos que enhebra todas las hipótesis sobre el futuro. Son elucubraciones que aspiran a poder explicar el pasado con la intención de entender y encender el presente. Hace poco esa especulación la abordaban dos películas tan distintas entre sí como Interstellar y Orígenes.
Resulta resbaladizo y difícil imaginar qué lugar ocupará dentro de unos años en el panorama de nuestro cine un director como Álex de la Iglesia, cuya obra, al menos la realizada hasta ahora, parece moverse feliz en una montaña rusa capaz de convocar algunas de las mejores secuencias nunca filmadas por directores de nuestro entorno, junto a decepcionantes (re)soluciones rotas por urgencias inexplicables o malogradas por no poder mantener el brillante horizonte que se marca en sus despegues.
La India ejerce una fascinación de peso monumental ante la que han cedido para su desesperación muchos cineastas. Solo los más grandes pudieron salir fortalecidos de ese contacto con un país atravesado por contrastes de baja miseria y alta belleza. Renoir, por ejemplo, filmó una maravilla titulada El río (The river, 1951) y su experiencia resultó determinante para todos los que le sucedieron.


