El nombre de Truman se refiere y designa a un perro bullmastiff, un animal de cruce, de origen británico, de cabeza ancha, de mirada tierna. Su presencia en el filme es permanente y su destino previsible; en la vida real el amable animal murió poco después de finalizar el rodaje. Pero esa es otra historia. La que Cesc Gay relata aquí mira a los ojos del cáncer y se arrima a la tragedia hasta rozarse con ella.
El propietario de la noche a la que se refiere el último delirio de Álex de la Iglesia se llama Raphael. En la película le llaman Alphonso pero nadie duda de que la intención de Álex de la Iglesia es (con)fundir al personaje de su cinta con el mito del tardofranquismo. ¡Ay pobrete, qué mala es la nostalgia!. Probablemente ya estaba en Balada triste de trompeta, en aquel ensayo sobre el comportamiento de la españolidad.
Agustí Villaronga conforma un capítulo singular en la historia del cine español de los últimos treinta años. De hecho en 1975 comenzó su carrera en el cine con Robin Hood nunca muere de Francesc Bellmunt. Aparecía como actor, como también lo hizo en El último guateque de Juan José Porto, discípulo de Paul Naschy y en Perros callejeros 2 de José Antonio de la Loma, un esforzado director que antes de serlo trabajó como maestro en el barrio chino de Barcelona.
Amama se condensa en una imagen, una cuerda tensa que cede a la presión y que se deshilacha hasta romperse. A un lado, resiste la pervivencia de una cultura, unos oficios y costumbres irradiados desde la vida en el corazón del bosque vasco; es la célula primigenia donde habita un microcosmos: el baserri. Desde el otro lado, tira con tesón el futuro que nos aguarda y la necesidad de otros usos sociales para quienes no pueden mirar hacia atrás porque de hacerlo quedarían petrificados.
Alvaro Ogalla, coguionista y actor principal de El apóstata representa la columna vertebral de esta película de suaves maneras y descreídos modos. Con ella, su director y coguionista, maniobra con sutileza y concisión. No hay grandes medios ni largas ambiciones, aunque su paso por el Zinemaldia demostró que había títulos mucho más pequeños.
Zarandeada en su paso por el festival internacional de cine de San Sebastián, Amenábar lo dijo de manera inmediata. Regresión, señaló, no es cine de festival. Tenía razón. Regresión, pese al serio intento de introducir sensatez en este tipo de filmes clavados al despropósito y el exceso, no adjunta en su interior los ingredientes necesarios para ser tratada como una obra de director.
Genio y figura, la obra de Julio Medem puede ser atacada desde mil frentes. Y desde mil frentes puede ser hecha añicos. Sus poemas han vivido en angustia extrema. Caótica Ana ejemplificó en grado sumo ese lanzarse a tumba abierta. Pero todas, desde Vacas hasta Ma Ma, obedecen a un ejercicio de coherente coherencia.
En ese cruce imposible entre el agente 007, llamado James Bond y el superagente 86, de nombre Maxwell Smart, nació Anacleto, el agente secreto. El alumbramiento ocurrió en 1964 y pronto se convirtió en uno de los más célebres personajes de Manuel Vázquez Gallego. Vázquez, autor igualmente de las hermanas Gilda, la abuelita Paz, la familia Cebolleta y Ángel Síseñor era, como ilustraba la película de Óscar Aibar, El gran Vázquez (2010), un freakie cuando el término aún no se había inventado.
Si en 1993, Juanma Bajo Ulloa, se hubiese retirado del cine, las reseñas críticas le señalarían como uno más sólidos directores del panorama cinematográfico vasco del final del siglo XX. Ese año presentó su segundo largometraje, La madre muerta; un oscuro thriller sobre una obsesión que forjaba junto a su primer filme, Alas de mariposa (1992), uno de los más personales dípticos de aquel tiempo. Pero no, cuando el historial de Ulloa era rico en parabienes festivaleros, el cineasta alavés se sacó de la manga Airbag (1997).


